Andrés García

Sueños de tierra

Imagina un cuarto sencillo de una familia de la sierra Tarahumara, donde  la luz temblorosa de las velas teje una historia de nacimiento. El techo de madera y paja acoge las sombras. Una colcha de colores vibrantes abraza la figura de una mujer en el umbral del dolor y la esperanza, su cuerpo un puente entre dos mundos.

 

La Madre

Bajo la tenue luz de las velas, en el cuarto humilde cuyos muros blancos se alzan sobre el suelo de tierra apisonada, yace una mujer en la cúspide del dolor y la esperanza. Cada contracción es un oleaje que la acerca más a la orilla de la maternidad. La colcha bajo ella es un caleidoscopio de historias tejidas, cada hilo una plegaria a las deidades Tarahumaras, una conexión profunda, un manto de  protección para el ser que está por llegar. El aire, cargado de humo y esencia de pino se adhiere a su piel como un manto invisible de fortaleza. La luz titilante de las velas lanza sombras sobre su rostro, creando un tapiz de luz y oscuridad. Los cuernos de venado, las máscaras y figuras de carrizo adornan los muros, testigos silenciosos de un ritual tan antiguo como el tiempo. En este instante, la madre siente cada sombra, cada luz, cada susurro del viento, concentrándose en el poder de su cuerpo, en el dolor transformador que anuncia el primer aliento de su hijo.

El Bebé

En un universo de sensaciones difusas, el bebé emerge desde la calidez de su refugio hacia un mundo vibrante de luz y sombras. La fría noche tarahumara se rompe con su primer llanto, un sonido que lleva consigo la promesa de vida, la afirmación de su presencia.  Para el recién nacido, el mundo es primero una sensación: el frío que roza su piel, contrarrestado por el calor de las manos que lo acogen. Luego, es sonido: el llanto propio que llena el espacio, los tambores que palpitan en un eco de su latido, voces que se entrelazan en una melodía desconocida pero reconfortante. La luz de las velas se filtra a través de sus párpados cerrados, pintando danzas de sombras naranjas en su pensamiento naciente. Cada aroma es una narración; el humo, la resina, la tierra, tejiendo juntos el tapiz de su primer recuerdo, un lienzo aún sin formar pero ya cargado de historia y pertenencia

 

 

La Comadrona

La comadrona, con manos curtidas por el tiempo, se mueve con una gracia forjada por innumerables nacimientos. Su vestido, manchado de historias pasadas, es un testamento de su papel en el ciclo de la vida. Los aromas del cuarto se mezclan con el recuerdo de cada alma que ha ayudado a traer al mundo. El humo del brasero se enreda en su cabello cano, cada mechón una hebra de sabiduría. Sus manos, al tocar la piel de la madre y del bebé, son puentes entre generaciones transmitiendo aliento. El primer llanto del bebé resuena en su ser como una afirmación de llegada. Con cada respiración, consolida su papel como guardiana de la tradición y de la vida.

El Padre

Parado en la penumbra, el padre es una figura tallada de esperanza. El blusón de manta que viste es un manto de tradición, cada pliegue una historia de su gente. Los tambores con sus ritmos ancestrales laten como un eco de su corazón.  Observa, casi en trance, cómo la luz de las velas se refleja en las figuras de carrizo y en los cuernos de venado, símbolos de la naturaleza y la espiritualidad que guían su vida. El primer llanto de su hijo es un clarín que rompe la noche, un sonido que lleva consigo toda la fuerza y la vulnerabilidad de la nueva existencia. En este instante, cada emoción es un río que confluye en un océano de amor incondicional, es la eterna promesa del futuro entrelazado en las tradiciones.

 

Este cuarto, iluminado por velas y lleno de humo, se convierte en el escenario de un momento atemporal, donde cada detalle—desde el suelo de tierra hasta los cuernos de venado en las paredes—contribuye a la narrativa de un nacimiento que es un homenaje a la tradición Tarahumara. Es la perpetuación de una cultura, un legado que se renueva con cada latido.