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Sueños al despertar | Roberto Vega

Sueños al despertar

Roberto Vega

Una mariposa de alas blancas (con rayas y motas grises) revolotea entre las margaritas que plagan la pradera. Son las más grandes que has visto nunca. Coges una, y tu falda danza al ritmo que marcan tus piernas desnudas.

Te gusta entrar en la casa por la puerta de atrás (la que da al jardín), donde una de las sirvientas está tendiendo la ropa.  

—Toma, para ti. 

Apareces divertida entre las sábanas y le entregas la margarita.

—¡Ay! ¡Qué susto, niña! —la coge al vuelo después de dar un respingo— No corra, señorita Angélica, o un día tendremos una desgracia.

De las ventanas abiertas, llega la melodía de un piano de cola. Miras arriba: te imaginas a tu madre acariciar las teclas con sus dedos de seda mientras la brisa de la tarde balancea las cortinas. Asciendes las escaleras con una sonrisa en el rostro y el impulso de abrazarla. Allí está, sentada con su vestido estampado y su ondulada melena te parece la mujer más bella del mundo. Deja de tocar, se gira y abre los brazos. A ti te encanta tomar impulso y fundirte en su perfume con aroma a rosas y a jazmín.

Por la noche, mientras lee para ti una vez más «las mil y una noches», te ovillas en su regazo y tus párpados ceden. Cuando nota tu respiración pausada, deja el libro sobre la mesilla y besa tu frente.

—¿Mamá?

—¿Sí?

—Ya sé lo que voy a ser de mayor. —Te sonríe, pero no dice nada—. Quiero ser doctora.

—¿Doctora?

—Sí, doctora. Así, cuando papá y tú estéis malitos, yo podré curaros.

El canto de los grillos en la pradera se mezcla con el de las ranas que pueblan el estanque que hay más allá del jardín. Tu madre se acerca, sientes su respiración, y te da otro beso.

—Podrás ser lo que tú desees, cariño.

—¿Mamá?

—¿Sí?

—No quiero irme de esta casa.

—Cariño, no será por mucho tiempo. —Mesa tu cabello—. Papá tiene razón, en Europa las cosas están cambiando.

Las luces se apagan. Afuera, todo está en calma, solo los rayos de la luna juguetean con las sombras de los cipreses que custodian el jardín.

—¡Angélica! ¡Angélica! —Es Matilde, una de las enfermeras, la que te llama. Tú permaneces con los ojos abiertos, confusa. Mueves los párpados nerviosa y aspiras. «¿Me he quedado dormida de pie?», piensas—. Vamos, este ya se ha ido y aquí hay mucho trabajo.

A vuestro alrededor el caos es absoluto: el blanco de las batas se mezcla con el rojo que sale de los cuerpos mutilados. En el exterior, las detonaciones no cesan; desde hace semanas, os acompañan día y noche como una melodía aterradora.

—Sí.

Dejas el instrumental quirúrgico sobre la mesa, tapáis el cuerpo del soldado y pasas a la siguiente camilla.

Horas más tarde, tomas la taza de sopa caliente que te ofrece Matilde. Se coloca a tu lado y observáis la tienda que hace de hospital de campaña improvisado. El gemido de los heridos es ahora un eco latente; las bombas continúan a lo suyo.

—Angélica, debes descansar, llevas demasiadas horas sin dormir. —Tú asientes con un amago de sonrisa—. Hoy te ha vuelto a pasar: parecías dormida mientras operabas.

—Recordaba mi hogar. A veces, sueño con despertar de esta pesadilla.

—Las noticias dicen que los nazis están retrocediendo. Esto acabará. Después, podremos regresar con nuestras familias.

—Yo ya no tengo familia: una bomba destruyó nuestra casa poco después de comenzar la guerra. Solo yo sobreviví: estaba estudiando en la ciudad.

—Lo siento.

—Al principio, mis padres intentaron dejar el país, pero yo me negué. Cuando todo empeoró, ya fue demasiado tarde: nos denegaron los visados.

Media hora después, recostada sobre un catre improvisado, con los sonidos de la guerra de fondo y el sabor a metal cubriéndote por dentro, deseas dormir y no regresar jamás.

Te despierta el trino de un petirrojo desde su rama. Estás inquieta. La voz de tu madre resalta entre las risas que llegan desde el jardín. Sonríes aliviada mientras las lágrimas cubren tus mejillas. Te levantas, abres el armario y sacas tu maleta de viaje: ya no tienes dudas.



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