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Sombra errante | Roy Carvajal

Sombra errante | Roy Carvajal

Kivuli Ondoka, el último de un linaje de adivinos, atravesaba solitario el desierto recién formado. Buscaba sobrevivientes. Raspaba las dunas con sus uñas crecidas, quizá el puño levantado de alguna estatua anticolonial le indicaría donde estaba la ciudad, sepultada tras el estallido nuclear. Pero solo encontraba esqueletos calcinados, tan oscuros como su propia tez resquebrajada por el sol. 

  «Si continúo derecho llegaré a la costa de Tanzania, saciaré mi sed aunque la sal me carcoma las vísceras», pensaba, y en su paso descalzo tropezó con un marco ovalado y enorme sepultado a medias en la arena. Al acercarse a lo que resplandecía, notó que no reflejaba su afro blanquecino ni sus dientes amarillos, sino un mundo de cenizas sembrado en llamas. Intentó levantarlo, pero el espejo incrustado formaba parte de la arena misma.

Examinaba los símbolos tallados sobre la pátina cuando escuchó un susurro, que no siguiera mirando, pero lo ignoró, «es la insolación», pensó. Kivuli encontró una muesca que parecía una cerradura, y recordó la llave que colgaba en una cadenilla de su pecho. Rasgó la camisa empapada en sudor, las costillas asomaron entre botones bajo la piel negra y tensa. Se descolgó la llave de oro, la besó y la apretó en su puño, la herencia de sus ancestros, amuleto infalible de los Ondoka.

—Esto no es coincidencia, ¡este espejo tiene un eco del más allá! 

Su mano rozó la superficie del vidrio y una silueta apareció en el marco ovalado.

Kivuli Ondoka, lo que miras es un reflejo del pasado, cada quien ve lo que quiere ver —dijo con voz áspera.

—¡Necesito saber qué ocurrió! Mi ciudad quedó sepultada, brujería, mal de ojo… ¿es que tú lo sabes? ¿para eso me llamaste? —respondió jadeando, con la lengua pegada al cielo de la boca.

—Soy el producto de la ambición de tu raza. Dejaron que explotaran sus tierras. Diamantes. Oro negro. Los colonos se la disputaron hasta destruirla. Pero tus ancestros, el oráculo de adivinos, me encerró aquí. ¡Libérame y todo volverá a ser como antes!

Kivuli nada hacía paseando la llave en su pecho mientras moría por inanición, así que la encajó en la muesca y giró el mecanismo. Tocó el vidrio negro, su cuerpo famélico se convirtió en una masa oscura absorbida por el vidrio.

Dentro del espejo siguió su camino. Las plantas de sus pies curtidos provocaban crujidos en la tierra quemada. El aire que apestaba a petróleo se agolpó en sus pulmones. La ceniza cuajó en una pasta gris en sus lacrimales. Se limpió los ojos con la falda de su camisa y vio un destello. Colgando en las ramas de un árbol calcinado, vio la llave dorada que abrió el portal. Corrió hacia ella para regresar y enmendar su equivocación, pero la sombra, ahora corpórea y gomosa, se interpuso.

Kivuli tomó un tronco humeante y le atravesó el torso, pero el caucho negro volvió a formarse en la masa corpórea y alquitranada. Alzó de nuevo el tronco y se lo dejó caer con furia en la cabeza, partiéndola en dos. Mientras la sombra regresaba a la forma corpórea, Kivuli escaló el árbol hacia la rama donde pendía la llave. La arrancó del árbol. El cielo apagado comenzó a fragmentarse, granizo oscuro y nubes negras cristalizadas caían como vidrios, dejando entrever un resplandeciente dorado tras de sí. La sombra se le enrolló en los pies para arrastrarlo hacia un abismo de ceniza y fuego, pero el adivino, aferrado al árbol, arrojó la llave al cielo, al centro del resplandor.



Los fragmentos del espejo reducido a pedazos en la arena, relucían esparcidos al sol. Kivuli asomó la cabeza. Se sostuvo con apenas fuerzas del marco ovalado, que recuperó el brillo áureo de antaño. Alzó la vista al cielo pleno de cumulonimbos y purificó sus pulmones con aire salino. Miró hacia abajo los fragmentos brillantes ante él. Solo uno en punta permanecía negro. Sacó primero un pie del marco. Con el otro, hundió fuerte el vidrio quebrado. Se desplomó como una sombra disuelta en arena y sangre.

El viento sopló. Monzones huracanados disolvieron la arena descubriendo casas, edificios y estatuas de revolucionarios. El horizonte mostraba las miles de manos de sobrevivientes emergiendo. Renacidos. Desnudos. Sonrientes. Retozando entre cocoteros y anacardos. Avanzando en tropel hacia la costa paradisíaca.

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