Solos | Noelia Cuadrado
Amelia se asoma al ventanal de su pequeño balcón, eleva su cara, cierra los ojos e inhala profundamente el cálido aire de finales de agosto. Entra de nuevo en su habitación, se mira en el espejo del armario, tarareando una alegre canción. Sonriente, desliza sus dedos con delicadeza por su falda y comprueba que la blusa está correctamente introducida. Se sienta en el tocador y se pinta los labios: es en el segundo intento en el que sus temblorosas manos consiguen delinear su fina y arrugada boca de la forma más certera. En el recibidor, toma su bolso, su elegante bastón de madera y sale a la calle.
Rufián contempla su imagen en el espejo de la entrada de su casa: estira las mangas de su camisa y la sacude, ligeramente y por enésima vez, por si hay algún pelo de Felipe, su gato. Se pone los zapatos, el reloj, y vuelve a echarse un vistazo. Abre la puerta, se para frente a esta y la cierra de nuevo. Comprueba, una vez más, su vestimenta. Se gira, lanza un beso y promete a su compañero que no volverá muy tarde, mientras este sigue hecho una bola en su sofá favorito, moviendo solo una de sus orejas.
El bastón, apenas roza el suelo, baila al son enérgico que Amelia le impone: hacia adelante, hacia atrás, sin detenerse. Entra en la cafetería; la campanilla de la puerta suena, y un camarero se dirige a ella. Muy amable, la acompaña a la mesa elegida, cerca de la gran ventana. Deja su rebeca en una silla y se sienta en la opuesta. Unos minutos más tarde, el camarero vuelve con una taza, una tetera y una bolsita de té, que Amelia introduce en la tetera, sin parar de moverla. Solo le da descanso unos segundos, cuando dirige su mirada hacia la puerta; después la devuelve a la infusión.
De camino, Rufián encuentra una floristería. Se detiene un par de minutos frente a esta, observa cada ramo del muestrario exterior y, finalmente, decide comprar uno envuelto en un papel de color rosa pastel.
La bolsita de té ya descansa en paz en el interior de la tetera vacía; ahora es el turno de trabajo de la cucharilla, la cual forma círculos, lentos pero constantes, en la parte inferior de la taza. Amelia pega un pequeño sorbo, se estira y ojea la calle por la cristalera, en una dirección y en la otra.
Con el ramo entre sus manos, Rufián continua su camino, despacio, cada vez más pausado, hasta que definitivamente se detiene. Se mantiene firme unos segundos; el resto de los transeúntes lo adelantan por ambos lados. Da media vuelta y avanza un par de metros; de nuevo se para. Después de varios metros recorridos en ambos sentidos, decide con firmeza qué ruta seguir.
El último buche de té espera en la taza, al tiempo que Amelia comprueba su reloj: pasan treinta y cinco minutos de las seis. Exhala con fuerza y apura la infusión.
Rufián deja las flores sobre el mármol, se sienta sobre este y se lleva una mano a los labios y después la apoya sobre la cálida piedra. Comprueba la hora: faltan veinte minutos para las siete. Cabizbajo, cierra los ojos y niega con la cabeza. Toma su pañuelo de tela del bolsillo y saca brillo a las letras de la lápida, poniendo especial énfasis en los recovecos de la primera letra de “Asunción”.
Amelia sube las escaleras de madera, apoyada en la barandilla y en su bastón. Entra en la casa, se quita despacio la ropa y la deja sobre el galán. Se dirige al equipo de música y selecciona un disco. Sentada en el tocador, vestida con su combinación de color beige, se quita todas las horquillas que recogen su blanco pelo en un moño, mientras Serrat llena la habitación con las estrofas de “De vez en cuando la vida”. Se observa en el espejo con su cabello suelto por completo; dos sosegadas lágrimas brotan de sus ojos y se deslizan por los surcos que sus predecesoras ya forjaron.
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