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Sobre andares y esperas | Daniel Amaya

Armando seleccionó los granos de café uno a uno, los alzaba hacia el único rayo de sol que se colaba desde su ventana, examinándolos con detalle, desechando los que no tenían el tostado que prefería. Cuando logró juntar un puñado de ellos los colocó en su molino y giró la manivela, se paseaba por la cocina al ritmo del crujir del café. Ya molidos llenaba la rejilla de su cafetera y presionaba con gentileza, la cerraba y la ponía a fuego lento. Antes que el café brotara por el filtro superior bajaba una de las tazas de la repisa y esperaba mientras veía a la ventana, desde ahí se alcanzaba a distinguir perfectamente al gigante, sentado, abrazando sus piernas con la cabeza recargada entre sus rodillas, tenía una ligera sonrisa en su rostro y a no ser que tenía la mirada fija y bien abierta hacia la dirección del pueblo, uno podría pensar que era algún monumento o cerro visto a lo lejos. El hombre se quedó hipnotizado viendo al gigante que solo el chirrido de la cafetera lo logró sacar de su trance, se sirvió el café, le sopló a la espuma que se hacía en el borde y se sentó en su comedor volviendo a mirar hacia el inmenso ser. 

El gigante había detenido su andar varias semanas atrás. Llevaba días caminando hacia el pueblo. La mayoría de la gente no había alcanzado a ver cuando dejó de caminar, ya que el pueblo se había vaciado antes que eso. Nadie sabía de dónde venía o qué era lo que quería, y menos alguien se había acercado. Desde los primeros avistamientos cuando apenas se asomaba en el horizonte, la gran mayoría del pueblo se había ido, llenaron sus carretas con las pocas pertenencias que tenían, se llevaron a los animales que pudieron, y partieron sin rumbo. Se hizo un largo

peregrinaje, columnas de personas cargando niños, chivos y gatos, alejándose de ese gran ser que se acercaba lento pero constante. 

Así como Armando otros cuantos se quedaron en el pueblo haciendo sus labores como si nada pasara. El dueño de la tienda de semillas seguía sacando sus costales afuera de su local, borraba de la pizarra los descuentos del día anterior y anotaba los nuevos precios del frijol, el arroz y la lenteja. El encargado del taller de herrería cada mañana conectaba su soldadora, ajustaba un electrodo en las pinzas y continuaba el marco de una puerta que llevaba varios días haciendo. Armando, que era el único carpintero del lugar, ya había comenzado las últimas sillas del comedor que tenía pendiente, aunque la persona que se lo había encargado había dejado el pueblo hace dos semanas, Armando continuaba con su labor, barnizaba con cuidado las bases de las sillas para no manchar en la parte superior que había decidido pintar de otro color, un negro que él creía que combinaría mejor con el resto de los muebles que tenía su cliente. 

En los días siguientes, sentado en el suelo, Armando daba los últimos detalles a las sillas, revisaba cada una buscando algún imperfecto. Al dar el mediodía se levantó y sacudió la tierra de su playera que había quedado pegada, fue por el remanente de su rutinario café y se sentó en una de las sillas ya terminadas, contó e hizo una lista mental de los materiales que tenía que buscar, giró hacia el pequeño cobertizo que le servía de bodega para corroborar suconteo. A un lado de su cobertizo se lograba asomar la figura del gigante, la noche anterior lo despertó el temblor que hizo por la madrugada, pero no había querido pararse a corroborar si ya había reanudado su paso, al prepararse su café vio que solo había cambiado de posición, ahora se

encontraba acostado de lado, su pecho apuntando hacia el pueblo, y su brazo en forma de ele sirviendo de soporte para su cabeza, la sonrisa se mantuvo, así como su mirada furtiva hacia ellos, mirada que Armando lograba ver sentado desde la silla con el rabillo del ojo mientras contaba botes de barniz. 

Armando junto con Ernesto, el dueño de la tienda de semillas, cargaban las sillas ya terminadas a su camioneta, las colocaban apiladas en torres de 3 para tener espacio para la mesa, amarraron cada una de las torres y anduvieron hacia la casa de la clienta que las había solicitado, solo eran unos 15 minutos de viaje, pero aún había algunos muebles y demás objetos abandonados en las calles que las personas dejaron atrás, lo que hacía más complicado el trayecto. Durante el camino platicaban acerca de que la temporada de lluvias se había atrasado, Armando comentaba que si en una semana aún no llovía hicieran un excursión al lago junto con el herrero para traer agua. Ernesto le daba una respuesta positiva mientras intentaba estacionarse lo más cerca de la casa donde dejarían el comedor. Bajaron y acomodaron el mueble dentro de la casa, limpiando un poco el cuarto donde lo habían dejado, barrieron el piso y trapearon hasta en la cocina sintiéndose satisfechos por su labor, así los dueños encontrarían su casa impecable si decidían regresar. Con el sol casi oculto, tomaron una cerveza sentados en el cajón de la camioneta, ese lugar se encontraba más cerca del gigante , desde ahí pudieron notar que el gigante había alzado un árbol y jugaba con él, pero sin dejar de observar directamente con la misma sonrisa de siempre hacia los dos hombres que se relajaban después del arduo trabajo. 

No había llovido en una semana y los hombres fueron al lago para llenar varios tambos, Armando no los acompañó, ya que llevaba varias noches enfermo, la calentura

ya había pasado pero aún tenía estragos de una tos seca que le quemaba la garganta, pese a ello, ya había terminado de preparar su café y el aburrimiento de haber estado en cama varias noches lo hizo querer salir a su patio a tomar el sol y degustar su bebida. La mañana era fría pero los rayos del sol calentaban lo suficiente a Armando para no tener que ir adentro, se asomaba hacia el camino que daba al lago aún sabiendo que faltaba mucho tiempo para que regresarán sus compañeros, en esta ocasión no sintió la vista del gigante, ya que éste se encontraba hincado totalmente recto con su cabeza apuntando hacia el cielo. 

Con el silencio debido a la ausencia de sus compañeros y sin sentir la mirada penetrante del gigante, Armando recordó cuando el pueblo seguía con vida, los niños jugando cerca de su casa, él pasando el balón cada que caía cerca de su cobertizo, saludando y dando los buenos días a todos los vecinos que pasaban. Por primera vez desde que se asomó la silueta del gran hombre a lo lejos Armando sintió nostalgia, había pasado toda su vida en ese pueblo, sus padres ya hace tiempo habían fallecido, nunca tuvo hijos y su único hermano había abandonado el pueblo desde que cumplió la mayoría de edad, se habían dejado de intercambiar cartas años atrás, las últimas que le envió le regresaron de vuelta por que se había mudado de pueblo, pero Armando nunca supo a donde. El se quedó con la casa y el terreno de un lado y fue cuando comenzó a hacer muebles ya que era lo único que su padre le había alcanzado a enseñar. 

Una brisa lo sacó de sus recuerdos, el café ya se había enfriado y escuchó el crujir de árboles no muy lejos de él, giró y vio como el gigante se ponía de pie con movimientos torpes pero no lentos. Armando ya no recordaba lo alto que era, vio cómo

se desprendía de sus extremidades la vegetación que había alcanzado a crecer en él. Ya no recordaba hace cuanto tiempo se había detenido. Observó cómo el ser bajaba su cabeza mirando nuevamente hacia el pueblo y su sonrisa se volvió a marcar. El gigante continuó su caminar. Armando se paró y se quedó inmóvil viendo al gigante, notó que comenzaba a trotar, siempre viendo directamente al pueblo, viéndolo fijamente. Armando le dio un sorbo al café que quedaba, sonrió y regresó a su silla a esperar, lamentando que sus compañeros no alcanzarían a llegar.

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