El puto tablón | Ana Efigenia
Pisé la tarima, chirrió, y el sonido estridente me causó un escalofrío que arañó mi columna vertebral. Di un puntapié al trozo de madera que se había levantado y sentí un dolor tan horrible en el dedo gordo del pie que tuve que agarrarlo con ambas manos y saltar a la pata coja mientras superaba el primer trance del martirio.
«Maldita mi estampa», pensé. Miré hacia el suelo y volví a darle otra patada con tanta saña que la tablilla de madera saltó por los aires y fue a parar a mi cabeza. «¡Seré gilipollas!», grité. Froté con mis manos el picotazo que me había hecho y a continuación comprobé, como lo temía, que estaban manchadas de sangre. ¡No fue para tanto!
«¡Leches! ¿Qué es eso que hay ahí?» … Me agaché y saqué, del hueco que se había quedado en la superficie, un pequeño libro sin tapas. Opté por sentarme en el suelo; lo escudriñé hoja por hoja, hasta que salió desprendida una nota que planeó por la estancia, hasta posarse. Estiré el cuerpo todo lo que pude para llegar al papelito, sin moverme de donde estaba sentada, caí de bruces.
No se pueden repetir los improperios que pude soltar por la boca. Con ambas manos en la frente, intenté levantarme para ir a coger un poco de hielo y ponérmelo en el chichón que abarcaba toda mi testa cuando tropecé con el hueco y me caí de culo, lo que hizo crujir mi rabadilla. Aquí ya se pueden reproducir las palabrotas… pero mejor obviarlas.
Con el culo roto, un cuerno, la frente ampliada y el dedo gordo que doblaba su tamaño, fui hasta donde estaba la nota y, al cogerla, me corté con el papel. «¡Me cagüüüüüüüe en to’ me cagüüüüüüüe!». Cuando por fin me apoderé del maldito “escapista”, resultó estar en blanco.
Lo alcé hacia la luz para ver si había algo escrito de alguna manera misteriosa, a la vez que fruncía el ceño por el dolor que sentía en todo mi cuerpo. Lo sometí a la llama de una cerilla para ver si salían letras ocultas, lo mojé, lo sequé, lo planché… Nada. Aquello solo era un simple papel en blanco.
Una vez más tranquila, me senté en el sofá con el libro y leí la historia que narraba:
El bosque lloraba de rabia, sufría de tanta ira que los animales habían salido despavoridos por los alaridos de los árboles. Las ramas se partían solas y las cortezas se desconchaban, formando en el suelo una manta de años. Jezabel, una pequeña de dos primaveras, que paseaba todas las tardes con su madre por los senderos del bosque, les preguntó a los árboles qué ocurría. «¡Nos talan y nos matan para fabricar suelos!», contestaron al unísono todos. «¡También hacen papel con nuestra piel!», se quejaron algunos. Jezabel los abrazó uno por uno y los consoló con sus lágrimas inocentes…
Aquella historia me mordió el corazón. De repente, sentí una tristeza que me invadió por completo y una pesadez en la cabeza que no me dejaba pensar. Solté el libro como si me quemaran las manos. Las palabras que había leído martilleaban mi sentido. Entonces, comprendí…
Eran los cuentos de mi madre, todos los cuentos con los que me había deleitado cuando era pequeña y que con el paso del tiempo había olvidado. Lo único que recordaba de ella, debido a la corta edad que tenía cuando había desaparecido adentrándose en el bosque, era su amor por la naturaleza. Seguí leyendo:
El último árbol talado fue el que se llevó mi vida. Hacía años que protegía cualquier ápice de bosque al que pudiera acudir. Parecía mentira que con solo un pequeño cuerpo humano se pudiera evitar la muerte de un millón de hectáreas. Aquel fue mi error: creerme más grande que el mal…
Dejó de afligirme el cuerpo. Hay suplicios tan indescriptibles que olvidas lo que es el dolor físico. Me llamo “Jezabel”, soy bombera forestal y aquel día me enteré de que abrazaba los árboles cuando era pequeña. En el pequeño papel sigue sin escribirse nada, pero se escribirá, porque esta historia aún no ha llegado a su final…
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