Desde que falleció Alberto la casa parecía no despertar. Debía ser mediodía. Julia giró su cuerpo hacia el lado de la cama vacío y miró el despertador sobre la mesita. Marcaba las doce menos cuarto. Al otro lado de las cortinas el sol ya estaría en lo alto, pero en el dormitorio de la viuda seguía sin amanecer.
Sonó el timbre. Su eco viajaba por la casa. Julia se puso en pie, se abrochó la bata y se dirigió a la puerta. Cuando la abrió el sol amenazaba con cegarla. Enfrente, un joven en pantalones cortos con una visera de mensajero.
—Buenos días, señora.
—Mmmm.
—Le traigo su paquete.
Sobre el suelo había una caja de cartón del tamaño de un féretro.
—¿Puede firmar aquí?
—Yo no he pedido nada.
El hombre consultó sus papeles.
—Aquí dice que lo encargó Alberto Ávila. ¿Puede ser su marido?
Julia no contestó. Podría ser. Hizo muchos preparativos antes del final. Quizás fuera una sorpresa desde el más allá. Cogió el bolígrafo que le ofrecía el muchacho y firmó sobre la línea de puntos.
El joven la ayudó a meter la caja en la casa. Pesaba como… bueno, pesaba como un muerto. Cuando el paquete ya estaba dentro el mensajero se quitó la visera, se secó el sudor de la frente y se marchó con un adiós. Fuera se subió a su furgoneta y condujo hacia el horizonte como el héroe de una película que se aleja mientras desfilan los créditos.
Julia cerró la puerta, se quedó un momento mirando la caja y finalmente se decidió a abrirla.
—¡Mierda!
Su marido estaba allí. Permanecía inmóvil y vestía una especie de mono gris. Julia terminó de desembalarlo y vio la figura tumbada dentro. No desprendía calor. Tampoco el frío de un cadáver. Su piel parecía resina. El brazo izquierdo estaba extendido pero el derecho tenía el codo flexionado y la mano de plástico sujetaba un manual de instrucciones.
Julia lo cogió. Era pesado, venía en varios idiomas. Encontró el castellano y lo abrió por el índice:
*Descripción general del aparato (figura 1).
Ojeó la página. El aparato no era para tanto. Volvió al índice.
*Introducción
*Antes de utilizarlo por primera vez
*Cambio de ajustes
*Limpieza y mantenimiento
*Resolución de problemas
*Solicitud de accesorios
Quién hubiera dicho que su marido eran tan complejo. Fue directa al apartado de las especificaciones técnicas y encontró los ajustes rápidos para ponerlo en marcha. Parecía fácil. No había que cargarlo, solo poner la figura en pie, tirar de ambas orejas y responder algunas preguntas. Se agachó con un quejido y con cuidado levantó a su marido sujetándole por los brazos. Su ropa era un poco descuidada, muy de Alberto a decir verdad. Su tacto extraño, aunque olía mejor que el original.
Julia agarró los dos lóbulos y tiró hacia abajo como si fuera a ordeñar la cabeza. La figura abrió los ojos, la miró fijamente y dijo con la voz de su marido: —Por favor, describa cómo es el sujeto.
—¿Te refieres a cómo era Alberto?
—Por favor, describa cómo es el sujeto.
—Vaya, pues veamos. Era…—se puso a pensar— bastante atento.
El iris de la figura se iluminó y comenzó a girar como el tambor de una lavadora. —Muy manitas. Se le daba bien arreglar cosas, como la cisterna.
La máquina siguió operando. Dentro de la cabeza los engranajes giraban. —Era amable, pero también fuerte. Muy bueno abriendo botes de conservas. El Alberto de plástico dudaba. Quizás su descripción no era demasiado buena. —Siempre me dejaba elegir qué película íbamos a ver, aunque se dormía antes de llegar
a la mitad —señaló, y luego añadió por lo bajo—, y cuando pasaba eso roncaba con ganas. La máquina giró la cabeza.
—Por favor, dé más detalles.
—Vale, pues era impulsivo. Hacía cosas como ésta, regalarte una versión de sí mismo sin consultártelo.
Sonó un pitido. La figura sonrió educadamente.
—Su marido está operativo. Esperamos que disfrute del servicio. Tiene diez años de garantía.
—¡Diez años de garantía! —saltó.
—Julia, mi vida, qué alegría verte —celebró Alberto 2.0.
—Diez años… —seguía ella, meditabunda.
—¿Cariño, estás bien?
—Es que diez años… ¿Esto se puede devolver?







