Secretos familiares

Gonzalo Tessainer

Encontrarme a mi abuela en un sex shop, por extraño que parezca, fue uno de los momentos más enriquecedores de mi vida. Creó un vínculo de complicidad y camaradería que difícilmente se podía encontrar entre una septuagenaria y su nieto. 

Hace dos años, cuando acabé la universidad, mi objetivo era encontrar trabajo.  Primero probé suerte en empresas relacionadas con los estudios que había realizado pero, al recibir siempre negativas, decidí intentarlo en campos profesionales que se alejaban de mi formación. Nunca había pensado trabajar en un sex shop, pero un día, caminando por la Avenida Satisfacción, vi, en el escaparate de una de sus tiendas, un cartel que decía: “Se necesita dependiente”. Dejando mis prejuicios aparcados en la acera de los números pares de dicha avenida, crucé su puerta con un currículum en la mano para entregárselo al encargado. Este, tras haberme hecho unas preguntas, me comunicó que el trabajo era mío y que comenzaba al día siguiente.

—¿En un videoclub? ¿Vas a trabajar en un videoclub? ¡Si ya nadie alquila películas! —afirmó mi padre exaltado cuando le dije que había encontrado trabajo.

—Papá, siempre queda algún nostálgico que se niega a usar las nuevas tecnologías —contesté.

—¡Mientras te paguen y traigas alguna película a casa…!

—¡Creo que hay buena selección de clásicos, de esos que te gustan tanto —respondí irónicamente, conociendo el historial de búsqueda en Internet de mi padre.

Por miedo a lo que me dijeran mis padres, nunca supieron el verdadero tipo de videoclub en el que iba a trabajar. En realidad, había películas, pero no del género que ellos creían.

Me adapté rápidamente al trabajo, y en menos de un mes sabía en qué estantería se encontraba cada uno de los títulos y en qué vitrinas estaban las esposas, las fustas, y demás objetos que ayudaban a cumplir las fantasías de los clientes. 

Con el paso del tiempo, la monotonía hizo que todos días fueran iguales, pero hubo uno en el que dos generaciones se vieron unidas por los secretos y por las necesidades personales: las sexuales, por parte de mi abuela, y las económicas, por la mía. Recuerdo que en aquella jornada hubo mucho ajetreo en la tienda. El encargado se encontraba en el mostrador despachando a unos clientes, y yo intentaba ponerle a un maniquí un corpiño de látex rojo, cuando escuché una voz detrás de mí:

 —Perdone, joven. ¿Me podría ayudar?

 Al escuchar esa voz, me quedé paralizado. ¡No puede ser! —pensé—. ¿Cómo va a estar ella aquí?. Pero la respuesta la obtuve al darme la vuelta y ver a mi abuela con un Max Vibrator Extreme en su mano derecha y un Total Deep Pleasure en su izquierda. 

—¡Luisito! ¿Así que aquí es donde trabajas?

—¡Abuela! ¿Qué haces aquí? —pregunté—. Yo… yo ayudo a un amigo con la tienda de vez en cuando. Justo estaba…

—¡Luisito, no me mientas! —interrumpió mi abuela—. Siempre sospeché que lo del videoclub no era cierto. Aunque, mirándolo bien, en el fondo no mentiste. —El hecho de hablar a mi abuela, ella con un vibrador en cada mano y yo con un corpiño de látex en las mías, me incomodaba un poco. En ese momento, los pequeños ojos de mi abuela se clavaron en los míos. Su mirada pedía tolerancia y expresaba comprensión. La mía reclamaba respuestas y manifestaba sorpresa. El tiempo que duró esta conversación carente de palabras, nuestros corazones se abrieron y ambos pidieron confidencialidad—. Luisito, ahora mismo los dos compartimos secretos. ¡No te preocupes! No diré nada a tus padres sobre tu trabajo, pero te voy a pedir que me hagas dos favores. El primero, que no tengas prejuicios y, el segundo, que me digas cuál de estos juguetes me recomiendas.

En ese momento decidí ser profesional y aconsejé a esa clienta tan especial de la mejor manera posible.

—El Max Vibrator es más ergonómico; además tiene diferentes intensidades. ¡Pero no te pases! ¡No quiero que te ocurra algo!

—¡Ay! ¡Tan considerado como siempre! —añadió—. Por cierto, ¿lo tienes en negro?

 De esta manera, el local de la Avenida Satisfacción ofreció a dos personas el mayor de los gozos que podían obtener: saber que sus secretos nunca serían contados.