Mi madre había venido a vivir a México cuando tenía 19 años. Anhelaba una vida tranquila, y por más extraño que pueda sonar, tres hijos: dos niñas y un varón. Empezó teniéndome a mí. Cuando yo tenía cuatro años conoció a Don Manrique, un hombre de mirar reposado. Se volvió mi papá con sus buenas modales y su manera estricta de ver la vida. Teniendo yo siete nació mi hermano y a mis once mi hermanita.
Desde que recuerdo mi madre no tenía interés en quedarse en casa a lavar trastes y asegurarse que el patio estuviera precioso. Siempre la vi trabajando, aprendiendo dibujo por correspondencia, rótulos o pintura. Le habían llamado en algún momento la araña por sus bellas creaciones en ganchillo.
Para mí era habitual que me delegara mi arreglo diario, que no empacara almuerzo ni se sentara a jugar conmigo. Hubo un tiempo que tuve el cabello cortado como preso para que mi aseo fuera más rápido. Siempre supe que despertarla antes de ir a la escuela era una injuria, no para mi hermano de en medio al quien le vestía hasta dormido. Siempre defendió que cada niño era distinto y así había que atenderlo.
Se encargó de que supiéramos que la vida era bella, nos dijo que éramos una extensión de la naturaleza que nos cuidaba. Podía verla con un pimiento de color diciendo lo hermoso que era y pedirme que posara para una foto porque contrastaba con la playera que usaba. Le encantaba el mar y pasear. En mi casa nunca se habló de falta de de dinero como era común en otro hogares. Nosotros asumíamos que había suficiente y comprábamos nuestros gustos cuando era posible.
Recuerdo una vez que mi madre ahorró lo suficiente para hacer un paseo en carretera dentro del país. Paseo familiar con papá de chofer y nosotros, sus tres hijos. Nos deslizamos desde Oaxaca hasta la zona de Tequesquitengo en Cuernavaca, hicimos pie en Taxco, Guerrero, antes de ir a visitar el Acapulco de mi padre.
Estábamos en la carretera cuando llegamos a un cruce complicado. Mi papá confiaba en el par de ojos extra de mi madre para salir bien librado.
—-Échame aguas, Dinora.
—Sí, claro.
Mamá se baja del auto para estar en la posición necesaria para apoyar. Las llantas empiezan a caminar hacia la salida, a torcerse con calma hasta que se dirigen a la salida de esa área concurrida. De reversa va mi papá con precaución. Despacio, como es su gusto manejar, por seguridad, por ver un mañana junto a los suyos.
Las llantas avanzan.
Mi papá se echa de reversa. El, caucho del neumático se adhiere al pavimento. Se retracta en el asfalto con lentitud.
“Viene, viene” Dice mamá
Papá se concentra tratando de maniobrar el auto de la mejor manera posible para que salgamos de ese atolladero que va a terminar en la carretera que nos llevará a Acapulco.
—¡¡Viene, viene!! Mamá alza la voz.
—-¡Vieneeeeeeeee! ¡Paraaaaaaaaaa, Manrique ¡viene carro! La desesperación se le pinta en la cara a mamá mientras manotea.
Mi papá se detiene en seco. El claxon del auto que nuestro coche familiar pudo haber impactado se deja oír, metálico, profundo, interminable. Los improperios nos llueven
La familia se baja del auto.Don Manrique tiene transformada la cara en la de un azteca listo para un sacrificio.
—Dijiste viene, viene …
—Pues sí, viene auto…
—Mamá, eso no significa viene, viene…
— ¡¡Dinora, pudimos haber chocado!!!
—Pues sí ¿no? Viene, viene carro.
—Ay mamá, no inventes
Mi hermano se carcajea sin descanso.
—No mamá, se dice así cuando estás “echándole aguas” al que sale. Diciéndole que puede salir.
—Y entonces por qué dirían viene, sino viene ningún auto?
—Porque estás alentando al conductor a salir, le estás diciendo, avanza, avanza, puedes salir.
—Entonces, no entiendo el viene, viene.
—Viene, viene, como “vamos, vamos”
— Ay pues yo no sabía, en mi país no se usa eso.
— ¡¡Pero llevas la vida entera en México, mamá!!







