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Sacos de sal | Roberto Vega

Sacos de sal | Roberto Vega

—Para, José, y déjame descansar un rato. Este claro parece un buen sitio. —José sacó el saco de sal de la alforja, lo colocó al sol para que se secara y ató la mula a un árbol—. Ten cuidado con eso, muchacho.

—¿Qué hay dentro, Manuel?

—Ya sabes lo que hay.

—Me refiero, bueno, además de sal.

—No insistas, muchacho. —José asintió—. ¿A dónde vas?

—A por agua; hay que lavar esa herida: tiene mala pinta.

—Buen chico… madre estaría orgullosa de ti.

José maldijo su suerte mientras descendía la ladera. En la base, el agua rugía al colarse entre las rocas que cortaban su camino. Desató la cantimplora que llevaba amarrada al cinto y la llenó. Después de haber bebido, se sintió mejor. Permaneció unos segundos de pie, observando en silencio: el reguero regaba las raíces de los alisos al tiempo que se podía escuchar el roce de sus ramas arrastradas por la brisa del atardecer.

Cuando regresó, Manuel no se había movido; su tez parecía más gris y la venda que cubría su abdomen estaba más roja.

—¿Manuel? —José se acercó—. ¿Me oyes, Manuel?

Manuel abrió los ojos.

—Sí, muchacho.

José le acercó la cantimplora.

—Despacio, o te hará daño.

—Vamos, muchacho, se nos hace tarde.

—Pero estás muy débil.

—Ellos no se detendrán hasta encontrarnos; ya sabes de lo que son capaces. Ven, ayúdame a subir a la mula y coge el saco, que no se nos olvide.

Recorrieron el sendero que separaba la maleza de la carretera, intentando no ser vistos. José iba delante, y guiaba a la mula con los ramales entre las manos mientras Manuel se balanceaba sobre el lomo del animal. El muchacho se detuvo al escuchar el sonido de un motor. Enseguida vio los faros y trató de colocar la mula detrás de un árbol. En ese momento, un rugido interrumpió el ruido de ruedas que se aproximaban. A poca distancia, las luces de una camioneta iluminaron unos ojos de felino: arrastraba una presa por el asfalto; veloz, desapareció oculto entre la espesura.

—No te detengas, muchacho. —Manuel había abierto los ojos—. Vamos, no te detengas, tenemos que llegar al puerto.

—¿Por qué tenemos que llegar al puerto? ¿Por qué discutías con los hombres que mataron a padre? ¿Qué hay en el saco, Manuel?

—Vamos, muchacho.

La voz de Manuel era cada vez más débil. Aunque ninguno podía verlo, las gotas de sangre que corrían por las botas del joven iban dejando un rastro sobre la tierra del sendero.

—Si madre hubiera estado viva, os habría dado una buena zurra a los dos. —Las lágrimas de José empapaban sus mejillas—. Ya lo creo que sí. Ella nunca hubiera permitido que tú dejaras el trabajo en la plantación para asociarte con esos desalmados, ni hubiera consentido que padre hubiera llegado borracho todas las noches a casa. —Manuel se balanceaba, ahora escorado, hacia un lado—. Sí, ya lo creo que sí, ella siempre sabía lo que había que hacer.

Un susurro (parecían abejas) segó el silencio. José se detuvo. A lo lejos, podía escuchar el sonido de las sirenas en el puerto. En ese momento, un golpe hizo dar un respingo a la mula. José se dio la vuelta y vio a Manuel boca abajo sobre la vegetación que cubría la tierra.

«¡Manuel, Manuel! —José zarandeó el cuerpo inmóvil de su hermano con todas sus fuerzas—. Dime algo, Manuel. Escucha, son las sirenas; ya se oye el sonido de las sirenas en el puerto».

José estaba exhausto cuando llegó al embarcadero. Había empezado a llover; su ropa empapada se pegaba a su piel mientras sus pies chapoteaban en el interior de las botas. Vio que unos hombres soltaban las amarras de un barco que a él le pareció enorme, se coló por una trampilla que no había sido elevada y se escondió entre unas lonas.

Allí, acurrucado, con el recuerdo del cuerpo inerte de su hermano abandonado a los pies de la mula, y con el saco de sal entre sus brazos, dejó que el traqueteo de las gotas de lluvia apaciguara su llanto mientras se quedaba dormido al arrullo de la noche.

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