Riau, riau.

Raquel Corrales

La tarde amainaba pronto. Los rayos rojos anaranjados y el azul oscuro del cielo ofrecían un tremendo atardecer en las calles. Pamplona era la ciudad; el cementerio de San Jorge, el elegido. Enterraban a Juan. Un ictus furtivo acabó con su vida a los 67 años. Las farolas empezaban  a encenderse. El cementerio se iluminaba poco a poco.

“Me dijiste que veníamos a un encierro,  no a un entierro”, Paco susurró a su mujer ante la atónita mirada de la gente. Disimulaba su ridiculez ante los presentes escondiendo la faja roja de San Fermín. Marisa no sabía dónde meterse. Mientras,  el cura sermoneaba en aquel cementerio y ofrecía sus responsos en el funeral más atípico de la historia. Era una fría tarde de octubre. El difunto no era muy conocido por Paco. Era algo así como el primo lejano de la amiga íntima de la tía de su mujer. Aun así,  no merecía aquel espectáculo. Paco tenía frío. Aquel traje sanferminero de color blanco impoluto resaltaba entre los colores oscuros, respetables y apagados del resto de los presentes. Pero no abrigaba nada. Su piel comenzaba a erizarse.  Cara seria, ceño fruncido y mueca de tristeza forzada. Disimulaba como podía. Cuando el cura cayó en la cuenta, lo miró de arriba abajo, resopló y cerró la Biblia. Entonces, Paco, entre avergonzado y despistado dijo bajito:

“¿Riau riau?”.

Con cara de circunstancia miró a su mujer.  Ella no podía aguantar la risa. Por más que intentaba contenerse, tuvo que llevarse la mano a la boca. Entre el pañuelo del cuello y las lágrimas (no de pena) que le caían por las mejillas,  intentaba pasar desapercibida. La gente susurró un “shhhh” a modo de reprimenda. La pareja  no tardó en alejarse como si una gran pérdida hubieran vivido. Al andar, Paco se iba pisando las tiras de las alpargatas. Se lamentaba: “Yo, que había venido superpreparado…”. Antes de acabar la ceremonia, Paco y Marisa ya iban dirección al coche. La gente los observaba alejarse en silencio. 

—Desde luego, Paco, que no entiendes nunca nada. Ahora seremos el hazmerreír de todos. 

—Bueno, mujer, el difunto no se ha inmutado. Tampoco es tan grave.

—Anda, arranca que al final te la ganas.

—Riau, riau.