Requiem para una Arcade Space Invaders

Álvaro Rubio

El astuto demonio de la vanidad quiso de nuevo acometer a un alma imberbe. Lucas era una de esas personas a las que les resulta difícil cultivar el desapego, una vez que ha sido alterada su rutina. Se acercó sin esfuerzo al paraje de la extrema necesidad. El saboteador interno del chico le solicitaba su peaje diario, y él, de naturaleza más bien débil, no tenía ni fuerza ni ganas para negárselo. Era como despertar y sentir todas y cada una de las células: le rogaban, le reclamaban y lo invitaban a seguir la ruta diaria de su casa al bar. Solamente la voz de su madre, y no siempre, conseguía sacarlo de su abstracción. Sin embargo, no había maldad, ni grandeza, ni tampoco pesar, pues solamente unos ojos inertes y perdidos eran sabedores de su destrucción. ¿Que cómo había llegado a ese estado? Sin darse apenas cuenta. En cuestión de días. Hacía tan solo un mes, cuando en el bar (situado frente a su casa) habían incorporado una máquina Arcade Space Invaders. En ese preciso instante, el río de la vida del chico cambió su curso.

Dentro del bar, un artefacto alto, de múltiples colores, de luces intermitentes y de melodía pegadiza se erigía ante el asombro de los parroquianos, en un apartado y solitario rincón. El hijo mayor del dueño del bar, en su viaje a la ciudad, lo había descubierto en una sala de recreativos, donde había visto a los chavales locos por jugar, enganchados a la máquina como insectos en una tela de araña. Pasó gran parte de la tarde observando. Seguidamente, hizo cábalas, hasta que de pronto ¡voila! Se cruzó por su mente la idea de arrendar una igual para el bar de su padre. Y el efecto que causó aquel armatoste, aun no llegando al extremo esperado, sirvió para que Lucas, el chico de enfrente, cayese atrapado. Desconocía si había sido la música, el resplandor de la pantalla, o el embrujo producido cuando, con el arma supergaláctica, destruía con certeros disparos las naves de alienígenas que arrojaban bombas en una lucha sin piedad. A la misma velocidad que jugaba, adquiría destreza y, con la misma celeridad, aumentaba el deseo por seguir jugando. La espiral de la adicción tenía a un nuevo discípulo, joven, muy joven, como recién salido de la niñez, pero con plena dedicación a la causa. Fueron días de cambios para Lucas. Abandonó los juegos con los amigos en la calle, se descentró de los estudios, dejó de hacer los deberes y, en apenas un mes, en lo único que sobresalía era en destruir y aniquilar naves inmortales de marcianos pues, cuando acababa con una pantalla, automáticamente surgía otra. 

«Las acciones del universo son imprevisibles», dicen los astrónomos. También lo son las de nuestros progenitores, con esa capacidad de entrega casi infinita en la que nunca paran de sorprender. Por ello, cuando el radar de la madre de Lucas detectó síntomas extraños en el comportamiento del chiquillo, agudizó todos los sentidos, hasta localizar dónde radicaba el problema. No estaba lejos. Bastó un día de atención para hallar el enigma. No era una mujer a la que le gustase llamar la atención, ni tampoco disfrutaba del mal ajeno. Pero, cuando en la ecuación a resolver, la incógnita a despejar era su hijo, qué decir tiene que el ingenio se le despertó con la fiereza de un volcán. Una noche, tomando las precauciones oportunas, y con su habilidad femenina para atravesar incluso paredes, se presentó frente a la inocente pero seductora máquina. Una vez allí, metió trozos y más trozos de queso por los pequeños orificios hasta inundar sus entrañas. Sin titubeos. Inmisericorde. Lo demás era cuestión de tiempo. Contaba con la complicidad de esos pequeños e indeseados roedores para su plan.  Una vez que detectasen con sus afinados bigotes tan sabroso manjar, el resto era pan comido. Dos días más tarde, mientras dormían, un cortocircuito con su correspondiente incendio en los intestinos de aquel artilugio puso fin a la aventura del singular aparato.