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Quizás, en otro momento | LeMo

—¡Estoy harto de todo! No aguanto a la gente, ni que respiren al lado mío en el metro… ni la voz de mi jefe… ni los ridículos caprichos que tiene últimamente mi novia… ¡No sé qué hacer!

—Ya sé que soy tu mejor amigo, Martín, y que vienes a mí para desahogarte… pero, si puedo darte un consejo, es que reserves unas vacaciones… solo.

—¡Joder, Emilio!, ¿sabes que no es tan mala la idea?

—La gente no suele presentarse para que les dé recomendaciones, sino más bien para que les confeccione un cóctel, o porque necesitan un psicólogo más barato pero… de vez en cuando… uno indica lo correcto.

—Por cierto, ponme un margarita, pero que sea con Hornitos Reposado, por favor.

—Hablando de tequila, se me ha ocurrido que, si no sabes adónde ir, podrías irte a Mexico.

***

Has salido del bar de Emilio, aparte de “con dos copas de más”, con la idea de encender el ordenador (en cuanto pases por la puerta) y de reservar las mejores vacaciones de tu vida. Llegas a casa, y todo está a oscuras: “Perfecto”, piensas.

Sandra duerme; no te reclamará otro “masajito de pies”, o una demanda irracional de comida esotérica a las once de la noche. Te preparas un sándwich, una cerveza y sales a la terraza, donde te instalas con el ordenador. Lo abres: no tiene batería; te diriges en busca del cargador, pero no lo encuentras. “¿Dónde lo habrá guardado esta vez?”, te preguntas irritado. Como no puedes/quieres despertarla, lo buscas con sigilo. Lo encuentras después de unos minutos; te instalas de nuevo sobre la tumbona, y bebes un trago: ya no está fría la cerveza. Te levantas abnegado, en busca de otra lata fría. Te vuelves a instalar… el ordenador se ha encendido; sonríes mientras bebes un buen trago.

Empiezas la búsqueda: “No, muy caro”, “No, muy temprano el vuelo de ida”, “No me gusta dónde hace escala” … ¡Perfecto!, has encontrado un vuelo que cumple todos los requisitos: es hora de sacar la tarjeta… ¿la tarjeta?, no sabes dónde ella la ha guardado “para los casos de emergencia”: nunca la lleváis encima. Recapacitas, y te acuerdas de que te dijo que la colocaría en la mesilla de noche (en la que está a su lado). Tu boca se crispa, tu nariz se arruga; estás pensando cómo lo vas a hacer sin despertarla en el intento. Bebes la última gota que queda, y te diriges hacia el cuarto dando trompicones por el pasillo. Te tropiezas con un mueble. Como estás descalzo, el dolor que sientes en el dedo meñique del pie te hace llorar en silencio, a la vez que rememoras todas las palabrotas que aprendiste en primaria. Soplas mientras saltas a la pata coja. Con la cantidad de alcohol que has ingerido, te resulta una tarea ardua el hecho de mantenerte en un solo pie: te caes. Te quedas inmóvil en el suelo; apenas te atreves a respirar mientras prestas atención a si hay algún ruido proveniente de la habitación. Te incorporas y entras en el cuarto con cautela… abres el cajón y extirpas la tarjeta con agilidad; sales de la habitación, andando de puntillas.

Antes de sentarte, sacas otra cerveza de la nevera, te instalas de nuevo frente al ordenador; la página necesita una actualización: has tardado mucho. Suspiras. Vuelves a realizar el mismo proceso; bostezas. Introduces los datos bancarios: te piden que valides la compra con el teléfono, pero no recibes nada. Recuerdas que necesitas su móvil; vuelves a la habitación: repites el proceso, esta vez, sin hacerte daño. Pones su huella en el celular para desbloquearlo. Sales apresurado para no lidiar con otra actualización, en vano… vuelta a empezar. Consigues reservar el vuelo y la estancia. Para celebrarlo, abres otra lata… te quedas dormido sin terminarla.

Nueve de la mañana: tu novia te despierta entusiasmada. Tiene en la mano un test de embarazo que agita, a la vez que te sonríe llena de felicidad… procesas la noticia mientras te incorporas. Piensas en la conversación en el bar, en los tequilas, en las cervezas, en tu escapada en solitario y comprendes que, quizás, no sea el momento de anunciarle que te vas de vacaciones.

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