Promesas de otoño

Míriam G.

El otoño ha llegado, y una vez más Antonio ha venido con él, pero hoy no viene solo. Un niño de unos diez años lo acompaña (su nieto, supongo). Me miran desde lejos y, aunque no puedo oírlos, puedo imaginar que le está contando su historia, que es también la mía.

Han pasado ya más de cincuenta años y, aunque sus arrugas y el pelo cano me constatan el paso del tiempo, yo lo sigo viendo como aquel niño de pantalón corto y cara sucia que jugaba en la plaza de la iglesia con sus amigos. Y, como cada año, con la visita de Antonio mi mente vuela a un pasado que me mantiene anclado en el presente…

Por aquel entonces, ya solo quedaban unas quince familias. La mayoría de ellas trabajaba en el campo y con los animales; las otras se habían ido a vivir a la ciudad y a trabajar en sus fábricas. Los vecinos que quedaron se llevaban bien casi siempre y se ayudaban los unos a los otros.

Por las tardes, Antonio salía de la escuela y se iba al campo a ayudar a su padre. También salía mucho a pasear con su abuelo, cuyo nombre había heredado: un hombre mayor de lento caminar que, aunque no sabía leer ni escribir, se inventaba cuentos e historias para estimular la imaginación de su nieto. Era un hombre muy querido por todos; el día que falleció, los vecinos estaban tan tristes que hasta la campana de la iglesia tañía de un modo lastimero.

Antonio, que en esa época rondaba los diecisiete años, estuvo mucho tiempo cabizbajo; yo lo observaba impotente. Pero eso cambió una tarde de primavera; esa tarde unos cerdos de la granja que había en el cerro se escaparon, bajaron por el valle e inundaron las estrechas y tranquilas calles del pueblo tirando macetas y todo lo que encontraban a su paso. Detrás corría desesperada una chica de unos dieciséis años intentando reconducir a los cerdos sin demasiado éxito; Antonio, que salía de la panadería, vio la situación y se dispuso a ayudarla, y con el pan que había comprado, consiguió conducir los cerdos fuera del pueblo.

Amelia (ese era el nombre de esa muchacha) le dio las gracias a Antonio y le comentó ruborizada que no podía pagarle el pan pero, por la respuesta de él y por cómo la miraba, supe que el pan era lo de menos: lo importante era que le había robado el corazón. Amelia sonrió, y esa sonrisa desterró la tristeza de Antonio. A partir de ese momento, de manera tímida y precavida, empezaron a verse cada vez más, hasta que se convirtieron en una

pareja formal.

Recuerdo como si fuera ayer la alegría que se vivió cuando tres años más tarde se casaron. Ese día las campanas resonaron con tanto regocijo que hasta los de los pueblos vecinos se hicieron eco del acontecimiento.

Un año después, cuando Amelia estaba embarazada de su primer hijo, aparecieron unos señores bien vestidos de la Delegación del Gobierno para hablar con el alcalde. Se había decidido que se construiría un embalse, y los vecinos debían desalojar sus casas en unos meses, cuando empezarían las obras. Hubo muchas protestas e intentos de boicot, pero todo fue en vano. La última palabra fue: «Quien no se vaya se hundirá con el pueblo». Esa fue mi sentencia.

Yo nunca hubiera podido llegar a imaginar que terminaría bajo el agua; yo era un pueblo de interior que en aquella época ni tan siquiera había oído hablar del mar. Recuerdo las lágrimas de los vecinos cuando familia a familia fueron abandonándome. Recuerdo mi soledad, mi miedo, mi tristeza… Los últimos en marcharse fueron Antonio y Amelia. Ese triste día de otoño, Antonio se quedó de pie en medio de la plaza de la iglesia, aspiró fuerte y fue dando una vuelta lentamente sobre sí mismo. Creo que intentaba grabar en su mente el recuerdo de toda su vida transcurrida en mis calles, en mis rincones.

Antes de irse, y con los ojos llorosos, me dijo muy bajito: «Te prometo que en cada inicio del otoño te vendré a ver».

Hoy por hoy, me he acostumbrado a ser un pueblo sumergido, ¡qué remedio! Pero con todo mi orgullo no permití que el agua me cubriera del todo y, cuando el embalse está en su punto más alto, aún se puede ver buena parte de mi campanario y, cuando hay más sequía, se ve la iglesia entera. Ahora las calles, medio derrumbadas por la fuerza del agua, sirven de cobijo a los peces, mis nuevos habitantes y los turistas navegan en kayak a mi alrededor.

Y aquí está; el otoño ha llegado y, una vez más, Antonio ha venido con él, pero hoy no viene solo.