Pirañas

Ana Fortuny

Caminamos en fila india por el pasillo. Eran las diez de la mañana. Si hubiera sabido lo que me esperaba detrás de la puerta, nunca habría llamado. Belén llevaba libros. Claudia arrastraba la pizarra portátil, y yo cargaba papel, marcadores y lápices. Nos acompañaban cuatro escoltas, armados.  El jefe de los presos había accedido a recibirnos, junto con diez compañeros que él había seleccionado, de los más dóciles, según sus palabras.  

Me paré frente a la puerta de metal color beige pintarrajeada con mensajes cortos: “De aquí no sale vivo nadie.” “El que avisa no traiciona.” “Es rico meter la daga.”  ¿Daga?, le preguntamos al teniente escolta. Es común que tengan, nos contestó. También verduguillos y hojas de afeitar. No se imaginan lo que pueden hacer con una de esas. Tragué saliva. Vi pálida a Claudia. Belén estaba entera. Nos recomendaron llevar pantalones y blusas cómodas, nada tallado.

Belén había propuesto organizar una biblioteca y un círculo de escritura. Visitaríamos a los reos una vez al mes y después de varias sesiones, publicaríamos sus relatos en un formato artesanal.  Organizamos el proyecto.  Belén buscó los contactos, hizo llamadas durante nueve meses, habló con personas influyentes y por fin había llegado la fecha. Ella había pensado en la cárcel de máxima seguridad, pero el director de presidios le dijo que ni loco nos dejaría entrar allí. Así que lo dejamos a su discreción y él nos envió al centro carcelario No. 23, vulgarmente llamado Las pirañas

Toqué el timbre. Un sonido chirriante rebotó por las paredes y llegó a nuestros oídos. Cerré los ojos.  Se abrió la puerta y entré. Mis amigas se quedaron atrás. Ahí estaban los hombres, curtidos por el sol, la mayoría delgados, a excepción del jefe, que tenía una barriga hinchada. Tatuajes en la cara, en los brazos, en las piernas, mil tatuajes me dieron la bienvenida. Ninguno parecía haberse bañado, sudaban.  Vestían playeras de diversos colores y pantalones de lona o shorts de manta. Usaban sandalias baratas. 

Qué bueno que viene a vernos, señorita, me dijo el jefe. Y antes de que finalizara, me rodearon. En medio de un círculo de cocodrilos, mi cuerpo se transformó en un pedazo de carne cruda. Se me acercaban por turnos, para olerme. Paralizada, algo en mi interior me obligaba a seguir así, quieta, sin proferir sonido, sin respirar. Fijé la mirada en un punto del muro perimetral, como si midiera la distancia que tendría que correr y saltar para salir de allí, una distancia enorme, si tomaba en cuenta el salto que debería dar para pasar encima del razor electrificado. Imposible.  

Me aferré a las resmas de papel.  El más joven me arrebató la bolsa con los marcadores.  No vas a necesitar esto, me dijo.  Los escoltas no aparecían.  O tal vez me veían ahí, pero no podían intervenir para no empeorar la situación. Señor Solano, le dije, recordando su apellido, estamos aquí para armar la biblioteca y para que nos cuenten sus historias.  Primero desembuchará la suya, me contestó. ¿Tiene calor? Se nos ha puesto mojadita.  A ver, le quitaremos la blusa, encueradita entrará en confianza. Carmelo y Chorro, ¡ayúdenla!, ordenó. Con Gillettes me cortaron la blusa. 

Había calor, pero sentí frío.  Temblé. Temblé por el calor, el frío, los bigotes ralos, la mugre debajo de sus uñas, los miembros erectos que se veían como pequeños bultos definidos en sus pantalones, los tatuajes de calaveras y de cruces, temblé por mis pezones acariciados por la navaja de afeitar, por las manos que intentaban abrir mis piernas, por los dedos que lograban al fin abrirse paso y penetrarme. Temblé por las bocas y la saliva que les corría por la comisura de los asquerosos labios, por el escupitajo que se estrelló en mi frente. 

Alguien tocó el timbre de nuevo. Abrí los ojos. Un guardia de la sección quitó los candados por dentro y nos dejó pasar. Al fondo a la derecha, nos dijo, con una mueca compasiva. Lo siento, Belén, no puedo entrar ahí, le dije. Aquí está el papel. Las esperaré en el carro. 

Y eso hice, esperé tres horas hasta que salieron, cada una con una sonrisa y los primeros relatos de las pirañas.