Pastillote | Noelia Cuadrado
Sostengo entre mis manos, ligeramente temblorosas, la receta que no dejo de mirar. No es la primera vez que tomo ansiolíticos (sé que tampoco será la última), pero sí es la primera que me derivan a psiquiatría para que me valoren. Después de media hora allí, de contarle toooda mi vida en versión resumida y a doble velocidad (como los audios del WhatsApp), ha concluido que tengo ansiedad. ¡Vaya! Toda una erudita… No hace falta haber estudiado ni pasar conmigo más de cinco minutos para averiguarlo. El tema es: ¿qué hago con esto? Durante los cuarenta años que llevo viviendo en mí, he ido aprendiendo a manejarlo, pero… ¿y cuando se desborda, como ahora? ¿Cuál es la solución? ¿Pastillote?
“¡Siguiente!”, grita el farmacéutico con cara de impaciencia. Observa la receta, extrañado, y teclea en su ordenador. Después de varias búsquedas confirma que son un tipo de benzodiazepinas nuevo, que no son muy fuertes y que la novedad que aportan es sus escasos efectos secundarios frente a la adicción.
Antes de irme a la cama me tomo una; me tumbo y leo un rato, para coger el sueño. Amanezco con el sonido del despertador, con mi cara encima del libro y con una sensación de haber dormido quince horas: me gusta. Voy cobrando consciencia de la realidad poco a poco y la angustia vuelve a mí, como cada mañana. Respiro hondo y lentamente. De repente, percibo un olor a podrido: a pescado en mal estado, exactamente.
Voy a la cocina y reviso la basura: no hay restos de comida, la saqué después de cenar. Abro la nevera y todos los armarios, pero nada: no descubro de dónde proviene; es como si estuviera en mí, como si, de pronto, yo sudara lubina caducada. Decido darme una ducha y encender el ordenador.
Mi mirada se desvía a la parte inferior derecha de la pantalla, a la notificación de nuevo email: George. Inhalo profundamente y un olor áspero, ácido, corrosivo, se introduce por mis fosas nasales y llega a mis ojos en forma de un fuerte escozor que hace brotar un par de lágrimas. “¡Qué poder tiene este hombre! Aun sin leerle, me hace llorar”, pienso, intentando justificar la extraña sensación. Sus emails,
básicamente, se componen de alabanzas a sí mismo y a su sabiduría, y de algún dardo, habitualmente, muy poco sutil. No se molesta ni en disimular la discriminación que nos muestra, no solo a mí. El hecho de que la sufra por ser mujer, en un sector erróneamente considerado como masculino, no me es ninguna novedad ya. Que nos marginen por españoles me resulta hasta “curioso”. Supongo que proceder del país que se cree amo y señor del mundo, ayuda a ver a los demás como mano de obra barata; aunque eso haya cambiado y, ahora, seamos, oficialmente, sus jefas (sí, en plural y en femenino, encima). Pero sin duda, la discriminación que más me gusta es la edadista (niñata de cuarenta soy): “¡Gracias, George! Recordaré tu pullita mientras me extiendo la crema antiarrugas nocturna.” Trago la saliva con sabor a clavo oxidado y respondo de la forma más educada y falsa que sé.
Ha sido un día difícil y demasiado largo. Ceno, me tumbo en el sillón de la terraza para ver las pocas estrellas que la luminosidad de la ciudad me permite y pongo música suave. El nudo que cada noche visita mi garganta aparece: intento que resbale entre la película de lágrimas y mocos. Y ahí está de nuevo: la peste a pescado. Me asomo a la barandilla: ¿qué vecino es tan mal cocinero? Harta de no encontrar respuesta, me tomo la pastilla y me voy a dormir.
Es sábado y decido visitar a mi madre. Conduzco hasta su casa con la ventanilla abierta: el hedor persiste. Al aparcar, mis oídos vibran aliviados al no sentir la velocidad del aire. Mi madre me mira sonriente, feliz por verme. Nos saludamos con un abrazo y rompo a llorar: en su cuello, mientras me frota la espalda y repite, suave y cálidamente: “Tranquiiilaaa, tranquiiilaaa”. Noto un fresco aroma a rosas, como a suavizante: huele a limpio. Inspiro profundamente y, definitivamente, el olor a podrido ya no está en mí.
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