Andrés García

Paralelismo incesante

La habitación estaba iluminada por la suave luz de las velas, mientras los fantasmas bailan en derredor. Al centro, una mesa antigua de madera con dos sillas a cada costado. A un lado de la mesa, un hombre de mediana edad tenía una pluma en la mano y hojas esparcidas delante de él. Del otro, dos figuras que parecían surgir de las sombras, como si fueran invocaciones de algún mundo olvidado.

—No entiendo —comenzó el hombre con la pluma, el rostro marcado por las arrugas del tiempo y la preocupación—. Escribí sobre ustedes, di vida a sus historias, y ahora están aquí ¿cómo es posible?

La mujer, de cabello ondulado y vestido vaporoso, sonrió con cierta tristeza.

—Somos tus creaciones, Juan José. Surgimos de tu mente y habitamos en tus palabras. Pero hoy, venimos con un propósito.

El segundo personaje, un joven de apariencia rebelde y mirada penetrante, apoyó sus codos en la mesa, mirando directamente al escritor.

—Has jugado con nuestros destinos, nos has hecho reír, llorar, amar y odiar. Pero nunca nos has dado la oportunidad de decidir por nosotros mismos. ¿Por qué?

Juan José tragó saliva, buscando las palabras adecuadas.

— Soy un escritor; es mi deber crear personajes, historias y mundos. Ustedes son el producto de mi imaginación, de mis deseos, miedos y aspiraciones. Sin mí, no tendrían vida.

La mujer suspiró.

—Pero una vez que nos das vida en el papel, ¿no merecemos tener voz? ¿No merecemos ser escuchados?

Juan José reflexionó un momento, tomando un sorbo de su taza de té.

—Cada personaje que he creado es un fragmento de mí, un reflejo de mis conflictos internos. De cierta manera ustedes están más cerca de mi yo que yo mismo.

El joven rio y con el sarcasmo plasmado en sus labios, preguntó. —Entonces, ¿somos solo marionetas en tus manos? ¿Piezas en tu juego literario?

—No exactamente —respondió Juan José—. Una vez que pienso en ustedes, cada uno adquiere su propia esencia y vida. Aunque les haya dado un camino, son libres de interpretarlo como deseen.

La conversación se detuvo por un momento, el silencio se instaló entre ellos. La mujer finalmente habló.

—Juan José, no estamos aquí para reprocharte nada. Solo queremos entender, queremos conocer el propósito detrás de nuestras historias.

El escritor suspiró, sus ojos como ascuas.

—Creo que la razón principal es encontrar respuestas. Respuestas a mis propias preguntas existenciales, a mis propios dilemas. A través de ustedes, busco comprenderme a mí mismo y al mundo que me rodea.

El joven asintió, pareciendo comprender.

—Entonces, somos tu vehículo para explorar las complejidades de la existencia.

Juan José asintió.

—Exactamente. A través de la creación literaria, busco significado, propósito y conexión.

La mujer extendió su mano, tocando la del escritor.

—Entendemos. Y aunque a veces deseáramos un destino diferente, estamos agradecidos por la vida que nos has dado.

El joven también extendió su mano.

—Somos tus creaciones, pero también somos parte de ti. No hay que olvidarlo.

Juan José sonrió.

 —Gracias por entender, por ser y por darme la oportunidad de explorar a través de ustedes.

El ambiente cambió, y las figuras comenzaron a desvanecerse, dejando atrás solo el eco de su presencia. Juan José, inspirado, tomó su pluma para escribir.

Sin embargo antes de que pudiera hacerlo, la mujer, cada vez más transparente, murmuró: «Recuerda, Juan José, no somos tan diferentes de ti. Como nosotros, también estás en medio de una historia, siendo moldeado y escrito por fuerzas más allá de tu comprensión.»

Fue entonces cuando un sonido distintivo lo detuvo. Era el golpeteo de teclas, proveniente de una realidad más allá de su propia historia. Juan José, con una mirada penetrante, se dirigió hacia mí. O quizás hacia ti, lector. Con una sonrisa cansada, comenzó a desvanecerse con lentitud, dejando unas preguntas flotando en el aire: «¿No te has cuestionado alguna vez quién escribe tu historia? ¿Quién decide tu destino? ¿Eres tú el autor o simplemente eres un personaje en la gran novela del tiempo?»

Mientras reflexiono sobre sus palabras, siento una oquedad extraña, como si me estuviera diluyendo, convirtiéndome en nada más que palabras en una página… Y el repiqueteo de las teclas me sigue martillando…