Aquella tarde de abril, el olor a mantequilla y canela se adueñó de la cocina de mi apartamento. Saqué del horno el Streuselkuchen con las manos artríticas y pinché el centro con un palillo. En la radio sonaba Montell Jordan.
Me palpé la dentadura para asegurarme de que seguía en su sitio y no dentro de la masa, como la última vez. Mientras el bizcocho se enfriaba, me tomé mi cóctel diario de pastillas: la del corazón, la del hígado, la de la tensión, la de la epilepsia… Una cumple años y lo celebra con fármacos, no con velas.
La música se cortó y entró la voz grave de Rick Dees:
—Interrumpimos la emisión para informar del fallecimiento de la actriz Ginger Rogers. Tenía ochenta y tres años.
El nombre me golpeó por dentro. Me senté antes de que el mareo me tumbara. De pronto la cocina se llenó de otro olor: tabaco, café de termo, sudor, maquillaje. Y volví al Hollywood de 1935.
Yo era Dorothy Schneider. Había llegado desde Cincinnati con una maleta barata y un sueño: ser actriz. De día servía mesas; por la tarde estudiaba en el Pasadena Playhouse y saltaba de audición en audición, con la esperanza de conseguir un papel.
Mi oportunidad llegó un año después, con un musical de la RKO. Las estrellas eran Fred Astaire y Ginger Rogers. Dirigía Mark Sandrich. El productor, un millonario cubano con fama de depredador: Valentín Castro. Yo solo salía en una escena, en una cafetería abarrotada de hombres. Astaire, apoyado en la barra, esperaba su café. Entonces irrumpía yo, con ganas de comerme el mundo. Y, con mi acento alemán exagerado, clamaba:
Lóoez / Salchichoten / 2
—¡Me muerro de hambrre! ¡Quierro el salchichoten más grrande que tengan! La camarera me servía un perrito con una salchicha descomunal. Yo chupaba con fruición la mostaza de la punta y, al notar la mirada lasciva de los hombres, les recriminaba: —¿Qué pasa? ¿Nunca han visto a una mujerr comerr un salchichoten?
Astaire replicaba:
—A mí no me mire. Llevo veinte años casado.
Y arrancaba la música. Fred bailaba y cantaba con la salchicha en la mano, mientras el resto de comensales lo seguía en la coreografía.
Aquella tarde era el ensayo final. El plató era un hangar de madera y metal: calor de focos, zumbido de generadores, cables por el suelo y marcas de tiza en el cemento. El ayudante de dirección ladraba órdenes. Y al fondo, fumando un habano, Valentín Castro sonreía mientras su mirada parecía desnudarme.
El ensayo salió redondo. Al terminar, alguien me susurró que Mr. Castro quería hablar conmigo «sobre mi futuro». Acepté, halagada. Su chófer me condujo a su mansión. Almorzamos en un salón palaciego, rodeados de arte y trofeos de caza. Luego me acomodó en un sillón y me enseñó un mando con cable, sembrado de botones. —Con esto lo controlo todo —presumió, y lo demostró encendiendo el hilo musical y atenuando las luces con una pulsación.
Cuando me quise dar cuenta, me besuqueaba el cuello y se había bajado la bragueta. —Dorothy… usted tiene gracia. Yo podría dar un empujón a su carrera. A cambio solo pido que… pruebe este salchichoten.
Me indigné. Sopesé abofetearlo, insultarlo y humillarlo. ¿Quién se creía que era él? —Por supuesto —dije, sin pestañear.
Lóoez / Salchichoten / 3
Me arrodillé y, por inexperta que fuera en esas lides, me repetí que aquello no era tan distinto de la salchicha de mi escena. Y yo estaba hambrienta de fama.
Puse tanto entusiasmo que, sin darme cuenta, mi rodilla descontrolada apretó un botón del mando. Las luces cambiaron a «modo fiesta»: destellos de colores inundaron la estancia.
Entonces sufrí mi primer ataque de epilepsia.
Me tomó por sorpresa: mareo, convulsiones y la mandíbula cerrándose con un chasquido en el instante menos conveniente, la boca llena de salchichoten cubano. El aullido del productor hizo temblar el cartel de Hollywood.
Perdí mi papel, Castro pasó a ser Mr. Castrado y la industria me volvió la espalda. Todo eso recordé en mi cocina, con el Streuselkuchen enfriándose en la encimera. La radio seguía sonando, pero mi mente no salía de 1935. Sostenía el palillo en la mano como una claqueta. Y Ginger Rogers, muerta, volvía a bailar en mi cabeza.






