María Coll

Noticia sin red

Entramos en directo, tres, dos, uno, ¡ya!”

Francisco Belmonte, con una gran sonrisa, daba la bienvenida a las noticias de la hora de comer. Era su tercer año en “prime time”. Su estilo desenfadado, sus ojos vivarachos y sus hoyuelos al sonreír invitaban a informarse de las noticias en el canal donde él aparecía. 

Tenía un teleprónter, que le facilitaba informar de las noticias ya preparadas, que leía a través de una pantalla que iba avanzando según iba leyendo. Ese mediodía no había nada nuevo. El conflicto bélico de turno, la rueda de prensa de la oposición por el caso de corrupción de moda, los deportes, y alguna que otra noticia curiosa que ha acontecido los últimos días. 

Estaba terminando la primera noticia del día, cuando, a través del pinganillo le dan una información necesaria para el transcurso del programa.

Fran, tenemos un suceso importante de última hora. Vamos a pasar ahora mismo a publicidad para darte el resumen, y mientras explicas qué está pasando, damos tiempo a nuestro corresponsal a que llegue al lugar de los hechos.”

Este tipo de situaciones ponían bastante en tensión a Francisco. El hecho de no tener el control de qué estaba pasando no era algo agradable para él, pero como buen profesional, afirmó sutilmente con la cabeza, terminó de dar la noticia, y dio paso a la publicidad.

 Al momento, el plató se llenó de gente corriendo de un lado para otro. Mientras la maquilladora le retocaba el maquillaje, y un redactor le contaba la noticia que iba a salir en directo, Francisco revisaba la documentación. Tenían dos minutos para salir de nuevo en pantalla.

-Buenas tardes de nuevo, damas y caballeros – comienza a hablar Francisco – Tenemos una noticia de última hora. Un grupo de activistas armadas, completamente desnudas, ha irrumpido en el Congreso de los diputados. Una vez dentro, se han encadenado a los escaños de éste. Han exigido una cámara de televisión y un micrófono para exponer sus peticiones. Asociaciones feministas, congregaciones eclesiásticas, y personas espontáneas están rodeando el Congreso para ver qué pasa. Nuestro corresponsal Gorka Millán está ya allí para informarnos de primera mano qué está pasando. Gorka, buenas tardes.

-Buenas tardes, Francisco. Tenemos la gran suerte de ser la cámara y el micrófono que han exigido las activistas armadas, siendo la única cadena de televisión que retrasmite en directo qué está pasando realmente. Me estoy acercando al grupo de activistas terroristas – El reportero informaba mientras la cámara se acercaba a las mujeres desnudas. Un primer plano de ellas. Seis mujeres completamente desnudas, encadenadas a los asientos de los Diputados, con pancartas en alto con eslóganes como 

“TRABAJO Y FAMILIA COMPATIBLES” o “LOS HOMBRES TAMBIÉN SON PADRES” o “QUIERO TRABAJAR Y PARIR”

Francisco sintió como la bilis le subía hasta la garganta, cuando, en la gran pantalla que tenía en el plató y desde la cual estaban viendo la retrasmisión del cámara, vio a su mujer desnuda, encadenada y armada.

Gorka se acercó a una de las mujeres para entrevistarla, pero Francisco no podía oír nada. La gran dosis de adrenalina que circulaba por su cuerpo le impedía pensar con normalidad. Poco a poco, todas las personas del plató que conocían a su mujer fueron reconociéndola.

-Bien Gorka, pues creo que eso es todo – la voz de Francisco era casi un chillido agudo – podemos pasar a otras noticias…

– Francisco, disculpa – le interrumpió Gorka. – Parece ser que tenemos aquí a una mujer muy especial. Señores, señoras, me están informando que aquí tenemos a la esposa de nuestro presentador Francisco Belmonte. Francisco, ¿quieres decir algo a tu mujer?

El presentador tenía la camisa empapada de sudor tras la chaqueta de su traje. Parte de su flequillo mojado, estaba pegado a su frente, y sus ojos, siempre sonrientes no cabían en las órbitas de sus ojos.

-Eh…, sí. Sí. Si.

-Francisco, ¿me oyes?

-Eh…, sí. Sí. Sí.

– ¡Paco! ¡Paco! ¿me oyes, cariño? – la que hablaba era la mujer del presentador, con sus tetas colganderas, el micrófono arrebatado al reportero en una mano y la pistola en la otra. -Paco, ¡que te lo avisé! ¡Que no podía más! ¡Que no tengo tiempo ni para depilarme el sobaco con los niños, mientras tú vas a diario al solárium!  – mientras decía esto, levantaba el brazo que portaba el arma para dejar ver a toda la audiencia las pelambreras que vestían su axila. – Paco ¡dime algo!

– Macu, por dios – balbuceó el presentador – ¿Quién ha recogido a los niños del colegio?

Una voz informaba a la audiencia. “Y ahora dos minutos de publicidad”