No te rindas, nunca

LeMo

No estábamos preparados para lo que se nos venía encima.

A pesar de ser las tres de la tarde, el sol ha desaparecido detrás de un cielo gris, espeso y apagado. El oleaje es cada vez más intenso y gana en velocidad: “la lavadora empieza su centrifugado”, pienso. Para la mayoría de los seres humanos, el Caribe rima con vacaciones al sol, salitre, aceite de coco y piel tostada. Aunque el resto del año lo es, llega septiembre y, con el final de la temporada, las tormentas y los ciclones. Es como vivir dentro del paraíso sabiendo que durante un tiempo jugarás inevitablemente a la lotería del qué pasará.

El silencio engulle la naturaleza, los pájaros huyen, y el viento llega sigilosamente en forma de oscuro presagio. He protegido las ventanas, las puertas y he comprado víveres y agua para sobrellevar los próximos días “sin fecha de caducidad”. La llegada del centro del ojo, que así lo llaman, está prevista en unas horas. Me asomo a la ventana unos segundos para percibir la velocidad del viento; las palmeras se doblan de derecha a izquierda como los regalices rojos que comía de pequeña. El cielo se ha teñido de gris oscuro y de naranja chillón: una tarjeta postal de mal augurio. La lluvia torrencial llega sin freno, y el viento crece en fuerza. La presión atmosférica me comprime la cabeza, los oídos empiezan a taponarse… Vuelvo a mirar por la ventana: infinidad de objetos pasan volando a tanta velocidad que es imposible identificarlos. Oigo un estruendo en el tejado, subo al piso de arriba y veo que proviene del fondo del pasillo. No abro la puerta por precaución y empujo la cómoda que está en el pasillo para bloquear la puerta. El ruido cada vez es más fuerte y mi miedo aumenta; me maldigo por estar sola, por haber discutido con él: nuestra última conversación. A su vez, me pregunto si la casa aguantará, lo único que me queda….

He perdido la noción del tiempo, quiero que pare ya. He vivido otras tormentas, pero como esta, ninguna. El clímax se apacigua poco a poco, estamos en ese momento de paz: el ojo del ciclón. Aprovecho para mover la cómoda y, con prudencia, entreabro la puerta del cuarto: desolación. La pared ya no tiene su ventana, la pequeña cama está aplastada por lo que parece una roca. Pienso en mi pequeño Noe; ya no está, así como mi marido. Se esfumaron como el resto de las cosas de este habitáculo. Solo queda una puerta en el armario, la ropa está medio arrancada de las perchas, algunas ni están. Mis recuerdos esfumados… De recuerdos a escombros. Busco a Titi, su peluche y fiel amigo de compañía, el que yo olía cuando la desesperación me invadía. El dolor de su vacío me vence y el reflejo de la desolación actual se asemeja a mi sentimiento: devastada. Me compongo como puedo, no es hora de lamentaciones; él me hubiera regañado por haberme dado por vencida, y aunque el final está cercano, no estoy fuera de peligro. Cierro la puerta y la bloqueo de nuevo. El viento se repone de su descanso y se prepara para embestir, como el toro que raspa la tierra antes de emprender su ataque. La súbita fuerza del ciclón hace que uno de mis tímpanos se reviente; el dolor es atroz, pero ante todo, debo ponerme a salvo. Corro hacia abajo, es hora de abrir la trampilla que me lleva al zulo que construimos con cemento armado para casos extremos: nunca me gustó la idea de estar encerrada en una “pre-tumba»; padezco de claustrofobia desde que tuve que ir a identificar los cuerpos de mis dos seres más queridos, metidos en escuálidas neveras, como viandas en la cocina de un restaurante cualquiera.

Después de unas interminables horas repletas de estruendos, angustia y dolor, abro la trampilla a la devastación del entorno que me golpea: solo quedan ruinas, almas andando sin rumbo, mirando asustadas en todas las direcciones. A lo lejos, veo a un niño que se dirige hacia mí.

—Creo que esto era de Noe —Me desplomo sobre mis rodillas y me echo a llorar abrazando a Titi. “Por ti, comenzaré de nuevo”, pienso.