No por mí | Andrés Pino
Mi abuela contaba que, de pequeño, me subía la fiebre inesperadamente y me quedaba rígido, sin poder doblar ni uno solo de mis finos músculos, sin poder articular ni uno solo de mis huesos. Aunque ella decía que era imposible, yo recuerdo algunos de esos instantes, sobre todo recuerdo el peso de los parpados cerrándose en el ardor de mi cara. Recuerdo perderla de vista por un instante y temer por ella, no por mí.
No por mí
Sé que si acerco mi cara a la suya, puede sentirme. Ya no noto su respiración en mi mejilla, pero aun así sé que me siente. Todos dicen que ha dejado de respirar, pero, ¿qué importa eso? Para mí no está muerta, así que ya pueden ir despertándola. Quiero que me la devuelvan.
Camino con la cabeza hundida entre los hombros, con los ojos perdidos en el suelo, con la mente engañada en otras cosas, en contar las baldosas de la acera, en contar los coches amarillos, en contar las mujeres con carro de la compra, en contar las viejecitas que se parecen a ella, y las sumo todas y no me da el mismo resultado. Algo falla, algo no va bien.
Al entrar de nuevo en casa, revivo aquellas escenas de cuando era pequeño, y llegaba muy tarde después de jugar en la calle. Mi abuela me esperaba tras la puerta, zapatilla en mano, y daba fuertes golpes con la suela de la chancla en la pared para que el sonido resonase en toda la casa. Con la otra mano y sin soltar la zapatilla, me cogía suavemente de la oreja y me susurraba “llora”, y yo lo hacía desconsolado, como si hubiese recibido la paliza de mi vida. Entonces entrabamos en el comedor, donde estaba mi madre debatiéndose entre la preocupación y la ira. Mi abuela me cogía entonces más fuerte de la oreja y me amenazaba exageradamente con la zapatilla y le juraba a mi madre que ella ya me había pegado lo suficiente, que no hacía falta más. Y no hacía falta más… yo aprendía la lección, sobre todo por no volver a defraudarla.
Entro en su habitación, que dentro de muy poco será la mía, por una mera cuestión de espacio. Temo ese momento, me da miedo dormir donde lo hizo ella.
Y como en un flash veo su cuerpo aún rígido en esa misma cama, frío, con la mandíbula desencajada. Y me veo a mí mismo venciendo la fuerza de sus parpados, cerrando poco a poco sus ojos, borrando lentamente de sus pupilas mi visión. Y sabiendo que con ese gesto ella me ha perdido de vista para siempre. Para siempre es demasiado tiempo.
Y sé que ella sentirá que recuerda cómo le cerré los parpados y quizá se sienta traicionada, defraudada. Porque ella siempre contaba que, cuando mi cuerpecito se ponía rígido por la fiebre, no dejaba que mis ojos se cerrasen mientras íbamos camino al hospital. Decía que jugaba conmigo, que me gritaba y que acariciaba mi cara. Pero no lloraba, para no preocuparme.
En cambio, yo he llorado mucho, aunque no debería haberlo hecho. No le he gritado lo suficiente, ni he acariciado su cara las suficientes veces. Siento que no he hecho lo suficiente para impedir que cerrase los ojos.
Me quedo solo en su habitación vacía. Y grito, y le hablo, aunque no esté, y acaricio su almohada. Y exhausto, me doy cuenta de que lo hago por ella, no por mí, y aunque parezca una tontería, sé que eso nos dejará más tranquilos a los dos, y que la pena devorará ahora un trozo más pequeño de mi alma.
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