No pienses

Sarah Gil

El viento helado de febrero se deslizaba con prisa por los pasillos de piedra. Su silbido estremecía el edificio entero. María subía las escaleras de dos en dos, con las manos bajo las axilas para conservar el calor. Apretado entre el pecho y los brazos, llevaba su único cuaderno. Grande y lleno de apuntes y ejercicios, con la portada del color del cielo en verano. Al llegar al cuarto piso, dejó de ascender y avanzó por el corredor. Era muy temprano, y todavía no había nadie por allí. Se detuvo en la puerta de su aula, y la abrió. Apartó las cortinas para que entrara algo de luz, y se sentó en un pupitre cualquiera.

No tuvo que esperar mucho tiempo; a los pocos minutos, la clase estaba llena. Entraron las monjas. Entraron las alumnas. Se dieron los buenos días. Comprobaron que ninguna falda subía de la rodilla. Rezaron. Recitaron un pasaje del evangelio. Repartieron hilo y aguja. Cosieron. En cada rincón del aula se repetían los mismos movimientos, los mismos murmullos, una y otra vez, y otra, y otra, y nada ni nadie rompía la monotonía, nada ni nadie levantaba la voz, o se ponía en pie, o reía en voz alta. Una puntada, dos, tres, trescientas. Una de las hermanas se acercó a María: “Lo haces mal. No, así no. No estás girando bien la aguja”.

El sol estaba ya alto cuando terminaron de remendar ropa y de confeccionar tapetes. A las dos de la tarde, el colegio se vació rápidamente. A las cuatro, se volvió a llenar. Geografía. Historia. Aritmética. María escribía con letra pequeña, sin dejar espacio entre líneas. Apenas quedaban cinco hojas en su cuaderno azul, y quería aprovecharlas al máximo.

Religión. Bajaron a la iglesia en fila de a uno. Las monjas mandaban callar llevándose el índice a los labios.  Las niñas se sentaron en los bancos de madera, y una voz quebrada empezó a leer algo. María se arrebujó entre los pliegues de su jersey negro y se perdió en las nubes. Los dos grandes ángeles tallados en mármol la observaban, apoyados en las dos puertas laterales de entrada.  

“Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos”, alcanzó a oír, entre sueño y sueño. “¿Qué días? —se dijo—. ¿Qué años? ¿Qué ofrenda?”. Se hablaba de muchas cosas, según pensó, pero ninguna terminaba de ser explicada. “Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, un plan hecho con amor”. Todos los días se repetían las mismas palabras, todo era igual. “Dios tiene un plan”. “Llevas la falda muy corta”. “No lleves esa camisa, tiene demasiado escote”. “Aprende a coser”. “Tienes que saber cocinar: ningún hombre va a quererte si no sabes cocinar”. “No, así no”. “No, así tampoco”. “No hables”. “No pienses”. “No te rebeles”.

Ah, pero a los chicos nadie les decía nada. Ellos podían hablar y caminar como quisieran. Podían vestirse como les apeteciera, estudiar lo que les viniera en gana. Y nadie decía nada. La sociedad no movía un dedo. 

Las jóvenes estudiantes salieron de la iglesia rápida y atropelladamente. María se puso en pie y se dirigió a la salida. Al llevarse un mechón de pelo tras la oreja, se percató de que le faltaba un pendiente. Paró en seco. Todas se habían ido ya; estaba sola. Desandó su recorrido lentamente, buscando algún brillo plateado en el suelo. Lo encontró. Se agachó para recogerlo,  y, de nuevo, caminó hasta uno de los portones laterales.  Pum. No calculó bien la distancia, y estampó el hombro contra la estatua de piedra blanca. Le dolía tanto que apenas podía sentirlo. La cabeza del ángel de mármol rodaba por el pavimento.  Se llevó la mano derecha al brazo contrario y lo masajeó con cuidado. Cuando se hubo recuperado, enderezó la espalda y contempló la escena.

Sabía que tenía que irse de allí cuanto antes, pero no podía apartar los ojos de aquella cosa tan bien tallada, tan bien hecha. Tan delicada. Un solo golpe había bastado para separarla del cuerpo alado. Contuvo el aliento. ¿Cómo había podido romperse tan fácilmente? Antes le parecía resistente. Imponente. Ya no. “¿Ahora qué hago?”, se preguntó. Intentar volver a colocarlo. Era la opción más lógica, aunque no estaba segura de poder conseguirlo. “Así no”. “Así tampoco”. Suspiró. No iba a colocarlo.   No podía colocarlo. “No estás girando bien la aguja”. “Lo estás haciendo mal”. Nadie creía que pudiera hacerlo, así que no podía. O quizás sí. Quizás valía más de lo que creía, para más de lo que le habían hecho creer. Pero decidió que no iba a hacerlo. Lo había roto, y no iba a arreglarlo. Y no iba a alargar el bajo de la falda, ni a hacer ganchillo, ni a caminar como si flotara. Ya no. Estaba harta. Se acercó a la roca de proporciones griegas y le propinó una patada. Y luego otra. Y se fue.