No mires

Mirtha Briñez

La empleada de la inmobiliaria siempre cumplía con la exigencia de la dueña: «Prohibido alquilar la cabaña a familias con niños».

Los Arias, cansados de la ciudad y de la monotonía, necesitaban unas vacaciones, y se decidieron por ir al campo. Tenían una niña, llamada Emma a la que dejarían con su tía, porque ellos querían intimidad. Además, a su hija le haría bien compartir con los primos. La agente inmobiliaria, al estar segura de que la niña no iría, cerró el trato y les entregó las llaves.

Al llegar a casa de la tía, esta había salido al hospital con uno de los hijos enfermo: tendrían que llevar a Emma con ellos. Cuando arribaron a la cabaña, encontraron que tenía una habitación para niños; la joven de la inmobiliaria no se las había mostrado.

Emma estaba encantada con la habitación. Era amplia, con una coqueta cortina de florecitas; bajo la ventana había un escritorio con dos gavetas y con dos sillitas. La cama era litera, cubierta con la misma tela de las cortinas. 

Después de cenar, Emma subió a su habitación, y empezó a revisar las gavetas del escritorio: en el fondo encontró una foto vieja de dos niñas, en cuyo reverso decía: «No mires debajo de la cama». Emma miró hacia la litera, pero no vio nada extraño. La pequeña se concentró en su tableta, hasta que sus padres le recordaron que era hora de dormir.

A la madrugada, la niña despertó asustada. El piso estaba frío, lo que la obligó a buscar las pantuflas, que se encontraban debajo de la cama. Por la mañana, los padres, cansados de llamarla para el desayuno, decidieron subir a la habitación y la hallaron vacía: las pantuflas estaban al pie de la cama.  Buscaron a la niña dentro y fuera de la casa: Emma había desaparecido.