No mires atrás | Roberto Vega
Estaba intentando olvidar el mensaje escrito en aquella última página, cuando la cafetera comenzó a pitar. La apagué y serví dos tazas. Sofía, mi compañera en la biblioteca donde trabajaba desde hacía meses, me ofreció una galleta y dio un sorbo a su café.
—Ángela, ¿te encuentras bien? Te noto algo ausente.
—¿Eh? sí, perdona, Sofía, estoy bien.
—Es lo que leíste en el cuaderno de ese chico, ¿verdad?
Amagué una sonrisa mientras me removía en mi asiento.
—Sí, bueno… no es solo el mensaje, o que el cuaderno estuviera en blanco excepto esa última página. Es él… siempre está tan solo, y parece tan vulnerable.
—Pues yo creo que le gustas.
—No digas tonterías.
—¿No te has fijado en que siempre te está mirando? Y de vulnerable nada. Se cuenta que ha tenido sus cosas con la policía; algo de ordenadores, debe ser bueno con la informática. Seguro que se metió donde no debía.
—Es posible, pero… ese mensaje: Calle Ayala 36, ático. ¿Para qué seguir viviendo una vida así? ¿No te parece una nota de suicidio?
—No sé. Creo que solo es un adolescente que ha perdido su cuaderno. Si lo has dejado en objetos perdidos, no tardará en recuperarlo.
—No es tan joven. Según su ficha, es casi de nuestra edad.
—¿Has entrado en su ficha? —Sofía emitió una carcajada burlona—. Vamos, se acabó por hoy. —Se incorporó y tomó su bolso—. Es viernes, he quedado con unos amigos en el centro, ¿te animas?
Acababa de recibir un mensaje de Javier, mi novio. Le habían vuelto a convocar para una reunión. Me decía que llegaría tarde. No me molestaba que siempre estuviera trabajando, pero era el tercer fin de semana seguido que nuestros planes se iban al traste, y las cosas no iban bien entre nosotros. Le dije a Sofía que no; quería estar en casa cuando llegara Javier, intentar arreglar lo nuestro.
Me apetecía caminar. Javier no llegaría hasta la noche y la temperatura era magnífica. Me acordé de las dos entradas para el teatro esa tarde. «Una pena —pensé—, otra oportunidad perdida…». Recordé a Javier: tan alto, tan moreno, tan ejecutivo. Al principio, aunque él se había esforzado por corregirme, tanta perfección me había hecho sentir pequeñita. No es que no me valorara, solo que hasta Lois se había ruborizado cuando había visto a supermán.
Entonces, algo llamó mi atención. Di un paso hacia atrás y vi el nombre de la calle: Ayala. No lo podía creer, sin ser consciente, había caminado hasta la dirección del cuaderno. Enfrente, tenía el número treintaiséis. Miré hacia arriba. El ático tenía una amplia terraza que cubría casi toda la fachada. Imaginé al joven de la biblioteca asomándose al vacío; desde aquella altura la muerte parecía segura.
En ese momento, un hombre salió del portal. Sin pensarlo, me colé en el interior antes de que la puerta se cerrara. El recibidor estaba a oscuras, pero preferí no dar la luz mientras subía por las escaleras.
Permanecí unos segundos parada enfrente de la puerta del ático; al otro lado no se oía nada. Finalmente, llamé. Lo que ocurrió a continuación fue tan rápido, que apenas tuve tiempo de reaccionar. Una voz distorsionada de hombre llegó desde el otro lado, y la puerta se abrió.
—Parece que el pedido ya… —El rostro sonriente de Javier palideció al verme. Llevaba el pelo alborotado y el torso desnudo—. ¿Ángela?, pero…
A su espalda apareció otro hombre también semidesnudo, lo tomó de la cintura y le dio un beso en el cuello.
—¿Y la comida? —quiso saber el otro.
—¡Espera, Ángela, no te vayas, deja que te explique!
La voz de Javier imploraba a mis espaldas, pero yo era incapaz de detenerme escaleras abajo. Llegué a la calle, tomé aire, y comencé a correr sin mirar atrás.
A pesar de su insistencia, no volví a hablar con Javier. Tal vez hice mal, pero, simplemente, no me apetecía. Semanas más tarde, Sofía me dijo que había visto en la biblioteca al joven del cuaderno, y me entregó una libreta que había encontrado en el sitio donde solía sentarse; en la última página podía leerse: «Espero que estés bien».
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