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Nieve

Lil Fernández

Sara despertó porque le dolían los senos cargados de leche. Miró el reloj. Amanecía y ya era tarde. Decidió que le daría a Pablito solo un poco de cada lado porque debía despertar a la pequeña Lorena y tener todo listo. Con ayuda de un rebozo, sujetó al bebé para alimentarlo. Aunque sentía cierto alivio con cada succión, también le dolía porque el bebé ya tenía los primeros dientes. Mientras rellenaba las medidas de fórmula en el contenedor, leyó las vitaminas y minerales descritas al reverso de la enorme lata. Me hubiera gustado tener más tiempo y sacarme leche para no mandarle esto. Se quejó de la mordida y miró el hilo de sangre que escurría desde la comisura de los labios de Pablito y sonrió al pensar que su leche también estaba fortificada con hierro. Cambió al bebé de lado y despertó a Lorena, quien le suplicó que no la llevara a la escuela, que hacía frío y quería dormir más. Sara le respondió que no podía faltar. Después del regaño, siguió ese silencio en el que la niña bajaba la cabeza y la madre se sentía culpable. Sara corrió la cortina: todo estaba cubierto de nieve. Era temporada de esquí. Lo que hacía felices a los turistas, a ella le molestaba. El año anterior, la pequeña Lorena resbaló en el hielo y se pegó en la cabeza. Aún debía parte de la cuenta del hospital. Se supone que el invierno debería hacer felices a los niños: muñecos de nieve, angelitos, deslizarse en trineo y aventarse bolas de nieve. Sara no podía darle eso a Lorena. Dejó a Pablito llorando en la cuna, aún tenía hambre, pero ella necesitaba ir al baño y prepararse un café. Mientras la mañana seguía devorando los minutos, Sara soñaba despierta. En su fantasía, se imaginó pasando una mañana tranquila en casa, arrullando a Pablito y jugando con su hija al parchís o a las damas chinas. Se vio horneando galletas de vainilla y quemando bombones en la chimenea. Miró el reloj de la cocina mientras se apuraba con todos los deberes, si no lograba llegar a tiempo, acumularía otro retardo y le descontarían el día. Le puso a Lorena la ropa térmica que ya casi no le quedaba. Crece muy rápido. La semana pasada la niña se quejó de que las botas le apretaban. Son carísimas, se tendrá que aguantar un par de semanas más hasta que reciba el próximo pago. Le desenredó el cabello a su hija para hacerle una coleta de caballo, ya que no había tiempo para las trenzas. En vez de que el peinado fuera un momento de calma y de risas, había llanto y gritos. A Sara se le estaba agotando la paciencia y aunque quería ser esa madre amorosa y comprensiva, se estaba convirtiendo en la mala del cuento. Salieron tarde. Sara llevaba al bebé en el canguro al frente.  Llevaba la pañalera colgando mientras sostenía la mano de su hija. La parada del camión estaba a cincuenta metros. Aún caía una nieve diminuta, esa que se queda suspendida en las pestañas. Sara daba pasos como si estuviese marchando para poder sacar las piernas de sus huellas, eran tan profundas, que cubrían hasta abajo de las rodillas y la pequeña Lorena no podía moverse. No habían avanzado ni tres metros, cuando Sara decidió regresar por las raquetas de nieve, lo cual, las retrasó aún más. Tomaron el autobús y primero dejó a Pablito en la guardería. Cada vez que lo entregaba, sentía una gran pena por la separación. Luego fueron a la escuela. Lorena tuvo que correr porque ya estaban cerrando la puerta. Sara no pudo siquiera despedirse de su hija con un beso. Luego de secarse las lágrimas, tomó el otro autobús. Finalmente, llegó al hotel. Su jefe la mandó a la cabaña seis. Al llegar, vio los esquís y los bastones en la terraza. La pareja la saludó amablemente, la invitaron a pasar, y antes de irse, la señora le dijo: —Anoté las instrucciones en la libreta que dejé en la mesa. El bebé, solo se dormirá si lo arrullas. No quiero que los gemelos vean mucha televisión, por favor, juega con ellos.
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