Naufragio

Fátima Alonso

reto 61 martes 20.30

Hacía tiempo que se sentía sumida en un estado casi permanente de tristeza, aliviado solo durante el día por los quehaceres cotidianos. Durante las horas de luz, convivía con esa especie de melancolía (distimia lo llamaba su médico) como se soporta a un huésped incómodo, a un invitado que llega a deshoras. Era como una lluvia menuda, que va calando poco a poco, sin apenas darse cuenta, y cuando llegaba la noche, la amargura se instalaba de nuevo en su corazón como una garrapata se aferra a la piel del animal.
Era entonces, cuando todo quedaba en silencio y los demás dormían, ajenos a la tormenta, el momento en que volvía a oír ese quejido leve en su pecho, que solo ella percibía, y adivinaba cómo la garrapata agazapada asomaba la cabeza. Al cabo de un rato se dormía con los ojos húmedos, en un llanto silencioso. Nada de alharacas ni estrépitos. Era una maestra en el arte del camuflaje.
A duras penas conseguía dormir un par de horas seguidas y la mayoría de las noches se convertían en un incesante ir y venir al baño. Aquella noche, lo primero que sintió fue la humedad en los pies. Cuando se incorporó en la cama, ya era tarde. Una tromba de agua la empapó de repente y, unos segundos después se encontró sentada sobre el lecho, flotando en una especie de océano. A su alrededor, reconoció algunos de los muebles de su casa, junto a una multitud de objetos que iban y venían arrastrados por el agua. Retratos, enseres de cocina, lámparas y hasta juguetes de bebé, que habían permanecido hasta entonces guardados en el fondo de un armario pasaban ante sus ojos sin que sus brazos alcanzaran a cogerlos. Abrió la boca y tomó aire para gritar con todas sus fuerzas, pero una nueva tromba acalló su lamento. A su lado, su marido dormía. Intentó despertarlo zarandeándolo con fuerza, pero parecía inmerso en un profundo sueño.
Se inclinó sobre su lado de la cama e intentó comprobar la altura del agua, pero estaba tan turbia que no se veía el fondo. Aun así, pensó en saltar y escapar de allí nadando, pero no supo hacia dónde, pues todo lo que veía a su alrededor era agua. Un segundo amago de grito quedó ahogado en su garganta y se dio cuenta de que, cada vez que intentaba pedir auxilio, una nueva ola se lo impedía.
Le miró por última vez y pronunció su nombre en silencio con el anhelo de que él abriera los ojos. No lo hizo; su letargo parecía irreversible. Decidió entonces lanzarse al agua, venciendo el miedo que le producía su turbidez. Se sorprendió al sentirla cálida y acogedora y sintió algo muy parecido a una sensación, casi olvidada, de paz. Se sumergió por completo en el líquido y el quejido de la garrapata desapareció por un instante. Bajo el agua todo era quietud y silencio y pensó que algo parecido a esa sensación sería la que experimenta un feto en el útero materno. Y deseó regresar allí.
Unos golpes en la puerta del baño resonaron como un eco lejano y la impulsaron a sacar la cabeza de la bañera.
−¿Estás bien? Llevas un montón de tiempo en el baño.
Inspiró profundamente para llenar de aire sus pulmones antes de contestar:
−Ya voy. Me he quedado dormida en la bañera.
Después, intentó controlar los latidos de su corazón y el temblor de su cuerpo, mientras se repetía de nuevo que ese mismo día haría las maletas.