El pajarito empezó su canto a las seis en punto y yo ya estaba despierta. Me gusta esperar a que termine el único movimiento para el que fue diseñado. La pesa cede, un resorte empuja la puertita y el pajarito se asoma, obediente, como si supiera contar. El aire hincha los fuelles y el pico se abre y se cierra al ritmo de su canto: cucú, cucú, cucú, cucú, cucú, cucú. Seis veces, perfectamente calibradas con el vaivén del péndulo y el movimiento del pico. Cuando termina, el mecanismo lo recoge con cuidado, la puerta vuelve a cerrarse y todo queda quieto otra vez, esperando la próxima orden del tiempo. Y así pasa su vida: repitiendo el mismo movimiento una y otra vez. Su mundo es mecánico, exacto, protegido de cualquier variación, incapaz de salirse de aquello para lo que fue hecho.
Las seis —pensé. Abrí los ojos.
Una luz tímida entraba por lo alto de la ventana. No era madrugada ni noche cerrada; era esa claridad pálida que aparece cuando el día todavía no decide nada. Desde afuera llegaba el roce rítmico de las ramas del viejo álamo contra la ventana, empujadas por la brisa: un sonido que no pedía atención y, sin embargo, marcaba el silencio.
La mirada se me desvió hacia la esquina superior derecha del techo, donde la humedad había dejado una marca oscura. Justo ahí, donde termina la viga. Vista de reojo, la mancha parecía dibujar la silueta de algún santo venerado, aunque nunca supe cuál. Me quedé quieta unos segundos, dejando que el cuerpo terminara de acomodarse.
Empecé por la respiración. La hice más profunda, hasta que el aire lo ocupó todo. Un gran bostezo acompañó la exhalación. Moví los hombros, estiré los brazos por encima de la cabeza, giré el cuello con cuidado. Una secuencia conocida, tan antigua como mis primeros recuerdos, tan exacta como el canto del cucú.
Cuando terminé, conté unos segundos sin números. Entonces pensé: levántate. Cerré los ojos apenas, un gesto mínimo, solo para terminar de acomodarme.
Cucú, cucú, cucú, cucú, cucú, cucú. Seis veces, perfectamente calibradas con el vaivén del péndulo y el movimiento del pico.
Me quedé quieta, escuchando cómo el mecanismo terminaba de recogerse. El silencio volvió a ocupar su lugar, denso, como si nada hubiera ocurrido.
Las seis —pensé.
Abrí los ojos con la sensación de haber llegado tarde a algo. La luz seguía entrando por lo alto de la ventana. Me sorprendió haber reconocido tan rápido su palidez. Me quedé inmóvil unos segundos aprovechando ese intervalo en el que el cuerpo sabe que debe moverse, pero todavía no acepta que el día empezó.
Empecé por la respiración. El aire entró, expandiendo el diafragma. Moví los hombros. Estiré los brazos. Giré el cuello. Conté unos segundos sin números.
Entonces pensé: levántate.
La frase apareció tarde, como si hubiera sido convocada por el silencio. Cerré los ojos un instante, sin intención clara, solo para comprobar.
El cucú sonó.
Seis.
Pensé: ya estoy despierta. La frase sonó correcta, aunque no produjo ningún efecto. Se quedó suspendida, como si esperara una respuesta que no llegaba. No ordenó el espacio. No marcó un antes y un después.
Cerré los ojos otra vez, con cuidado, como quien parpadea frente a una luz fuerte.
El cucú sonó.
Seis.
Pensé: ya estoy despierta.
La frase ya no me tranquilizó. Tampoco me alarmó. Se quedó ahí, ocupando espacio, repitiéndose sin avanzar.
Me quedé mirando el techo. Me quedé quieta. No había ninguna razón para moverme.
Cerré los ojos, segura de que el cucú sabría cuándo volver a cantar.






