Mil metros | Bruno Aloisi
El disparo ya salió. Eso es lo único seguro. El resto… es silencio.
No oigo el retroceso del rifle ni el eco quebrado en la azotea. Solo observo el punto diminuto que se aleja, vibrando en el aire como un insecto de metal. La bala va hacia él, hacia el hombre que lleva el chaleco explosivo, hacia el destino que no puedo deshacer. Y, mientras recorre los mil metros que nos separan, el mundo se detiene.
Siempre me sorprende este instante. Es un hueco: un paréntesis sin tiempo. Un espacio suspendido entre lo que ya hice y lo que todavía no ha ocurrido; un lugar donde no soy soldado ni francotirador ni héroe de nada. Donde solo soy un hombre que retiene el aliento, esperando que la línea recta siga siendo recta, que el viento no cambie de humor, que mis manos no tiemblen más de lo permitido. Mil metros… un kilómetro de dudas.
Recuerdo el momento cuando lo localicé entre las personas del mercado. Caminaba como cualquiera; quizá, demasiado erguido, demasiado seguro de sí mismo. Cuando lo vi tocarse el pecho, sentí un nudo en el estómago. Y luego llegó la orden susurrada en mi auricular: “Tienes luz verde”.
Pero ahora esa orden ya no importa. Ahora todo está en calma. El viento roza mi mejilla derecha. ¿Será suficiente para desviar la trayectoria? ¿Habré calculado bien? Repito mentalmente las fórmulas que tanto me aburrían en el entrenamiento, pero que ahora sostienen la vida de decenas de personas… y la mía.
Por un instante, pienso si él oye algo. ¿Habrá presentido el disparo? ¿Sentirá un cosquilleo en la nuca?, ¿un escalofrío? Qué ironía que los dos estemos conectados por un hilo invisible que viaja más rápido que el sonido, pero que ninguno de los dos pueda notar nada. Vuelvo a mi respiración.
Uno. Dos. Tres. Contengo. Observo.
Todo alrededor está quieto. Los pájaros parecen detenerse en pleno vuelo. La gente del mercado continúa comprando fruta sin saber que una bala cruza el aire por encima de sus cabezas. Nadie siente este vacío conmigo. Nadie habita este momento. Es un lugar solo mío.
Y, entonces, aparece el pensamiento que siempre intento evitar: “¿Y si fallo?”. No por mí, sino por ellos. Las familias, los niños, las vidas que siguen adelante sin imaginar lo frágiles que son. Este es el peso que realmente cargo en el pecho, más que el rifle, más que la misión. Este segundo suspendido es el lugar donde mis errores pueden tener nombre, rostro, historia. La bala está a medio camino.
Mi dedo todavía toca el gatillo: una presión fantasma, una culpa anticipada. No debería pensar en nada. Lo sé. Pero hoy no puedo evitarlo. Recuerdo la voz de mi instructor: “Esta inmovilidad después del disparo no es un descanso: es el lugar donde te enfrentas a ti mismo”.
Me río ahora, en reposo, porque nunca lo entendí tan bien como en este momento exacto. La bala está llegando. Apenas un destello. Un movimiento mínimo, como si una luz se apagara sin hacer ruido. No hay sangre. No hay grito. Solo un leve colapso del cuerpo hacia atrás, como si por fin se hubiera permitido descansar. El chaleco no explota. Y, de repente, el mundo vuelve a entrar. Los niños siguen riendo en el mercado. Los vendedores siguen gritando precios. El viento vuelve a soplar. Mis manos regresan, mi respiración regresa, yo regreso. Pero el silencio… ese se queda un poco más dentro de mí. Como siempre.
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