El tesoro oculto

Iñaki Rangil

Bueno, de esta sí que triunfo. Me ha costado, mucho, pero mucho, ¡eh! Toda una vida bien podría decir de no ser porque soy el único que se entera. Por fin he conseguido las llaves, así que no puedo fallar. En la cena, Fátima me hacía ojitos. Eso también ha sido un gran esfuerzo, pero ha merecido la pena. Eso sí, con el sultán, Abdalah, todavía no las tengo todas conmigo. Por decirlo de alguna manera, pienso que, además de mí, él está padeciendo su jornada recurrente particular, parece anticipárseme.

Como fuera que termina el día, amanezco despierto entre rejas, amarrado al potro. El final, sin embargo, puede ser muy variado y a distinta hora, pocas veces ha ido más allá del atardecer, eso del «ojo por ojo…» está muy arraigado en ellos y más de una vez me han separado la cabeza del tronco por vete-a-saber-por-qué, me han cortado una mano… Lo que más ha acontecido me ha dejado mal gusto de boca, llena de polvo, peor que magullado desde los pies hasta la punta del cabello, lapidado.

Desde que comenzó mi aventura errante, no sé cómo sucedió, han transcurrido más de diez años repitiéndose el mismo punto de inicio del día, se dice fácil, más cuando nadie es consciente, salvo yo. Lo enuncio tal cual ha sido, una sucesión de días iguales. Solo varía por lo que puede modificar por el conocimiento acumulado durante el transcurso de la jornada. Siempre es uno de marzo de 2024. Comienzo preso, en ese elemento de tortura mencionado. Menos mal que el tiempo me ha ayudado a resolver rápido ese inconveniente, lo he aprendido consiguiendo progresivos acercamientos a los guardianes. Lograda esa primera vez, el resto ha sido coser y cantar. Los pobres custodios de la cárcel alucinan por todos los detalles que conozco de sus vidas.

Jamal es la mano derecha de Abdalah. En todos los ciclos diarios, termina por aceptarme como primo, me invita a comer y obtengo la información precisa. Ayer, también, me confesó el emplazamiento de la copia de cada llave de palacio. No podía ser de otra forma, hoy he hecho una copia de la que me proporcionará la gloria —la llevo conmigo bien oculta— junto a la de la puerta que me facilitará su acceso. Por eso tengo una ilusión renovada después de los numerosos traspiés en busca del habitáculo prohibido. Esa mirada de Fátima me promete un deleite por cuyo objetivo llevo mucho tiempo luchando.

Voy camino del harén de Abdalah, espero liberarme de la mala pata de todas las demás ocasiones. Sin traspasar la puerta he sido apedreado entre dos y tres mil veces. Según dicen, lo atestiguo, no mienten, por haber intentado acceder hasta el gineceo del sultán. Eso cuando más lejos he llegado porque el resto, muy superior en número, me he quedado encerrado en prisión por deambular por zonas restringidas del palacio. Vamos, perdido y hallado en dónde no debía. Alguna ocasión, aunque pocas para hacer realidad mi deseo, bien acompañado en mi lecho por alguna de las esclavas que atiende a Fátima y el resto de las concubinas. Son las mejores mensajeras. No obstante, no está bien visto y ha provocado un nuevo comienzo de forma anticipada casi una por una todas las veces.

Una de aquellas sirvientes me contó sobre lo desconfiado que era el sultán. El aposento de sus mujeres lo protegían varios eunucos, sin determinar el número. Además, todas ellas iban equipadas de protección extra, cuya posibilidad de desarme iba colgada de su cuello en forma de llave. Ella era la encargada de abrir el resorte de cada uno de los cinturones de castidad portado por cada una de las mujeres de Abdalah. Y claro, ahora después del transcurso de muchísimas recurrencias, de muchísimos tumbos y malos tragos, de innumerables modificaciones de estrategias, después de aprender el idioma y liberarme de cada atadura o romper cada barrera infranqueable, yo. Me relamo solo de pensar en el deseo de los ojos de Fátima. Pues anda que no le he mandado versos, canciones, notas… hasta acertar cómo doblegar su voluntad, su corazón, su apetito, su lujuria, cómo encender su deseo para saciar el mío.