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Mi belleza | Ángela Castrillón

Mi belleza | Ángela Castrillón

Hoy es el día en que mi belleza quedará retratada. Después de haber sufrido el postoperatorio de la cirugía plástica, ya puedo lucir mi escultural cuerpo. Ya no estoy hinchada, ni tampoco hay morados, ni senos caídos, ni barriga de camionero, ni celulitis, y ahora tengo cola. Quedé espectacular, pero soy consciente de que esto durará unos pocos años. Después, la gravedad hará lo suyo: todo se caerá, y la piel perderá su lozanía. Por eso quiero retratar este cuerpo: para recordar lo bella que algún día fui.
Voy a la Escuela Taller en la calle Octava. Atravieso la puerta grande de madera. Me dirijo con cuidado a las escaleras; estoy un poco nerviosa… no sé por qué me dio por traerme estos tacones tan altos. Empiezo a subir la escalera de madera, me apoyo en el barandal; en el descanso de la escalera está el dibujante observando el viejo reloj. Su nombre es Jaime; es un muchacho joven, delgado, con cabello castaño. Lleva unos pantalones y una camisa algo raídos por el trabajo.
Cuando ya voy a llegar a donde él está, trastabillo; afortunadamente, no caigo. Él se voltea, sonríe y me ofrece su mano para que me apoye en esta. Así lo hago.

—Buenos días, Renata. Te estaba esperando.

—Buenos días, Jaime. Muchas gracias.

 Nos dirigimos al estudio, entramos, y me indica el vestier donde puedo cambiarme. Empiezo por soltar mi cabello, pongo toda mi ropa en el perchero y saco una bata de mi bolso. Mientras hago esto, escucho cómo corre el sofá antiguo y cómo les saca punta a sus lápices. Salgo del vestier; él levanta la vista y yo me quito la bata. Se le nota el cambio en su expresión; su respiración se agita y titubea al indicarme que me acomode en el sofá. Luego retoma su profesionalismo y me dice: “Recuéstate, pon el brazo izquierdo sobre la cabeza, apoyado en los cojines. La otra mano en tu rostro, cerca de la ceja derecha; baja el rostro y mírame. Quédate así ahora”. Acomoda el bloc sobre sus piernas, resopla fuertemente y empieza. Da unos cuantos trazos y me mira. Repite el proceso indefinidamente. Yo me pierdo en sus ojos; no sé si son grises, azules o verdes. Su frente suda un poco, y algunos cabellos se pegan a esta. En ocasiones me pide que relaje el rostro. 

Poco a poco, mi cuerpo se va entumeciendo. Primero se me duermen los pies, luego las manos, y los calambres continúan subiendo por piernas y brazos, respectivamente. A veces debo relamer mis labios: se resecan bastante. Me siento libre y segura de cómo luzco, y a la vez frágil frente al dibujante. Solo llevo una cadena en el cuello. Creo que fue la quietud extrema lo que me hizo detallar más su rostro, sus pestañas, sus cejas. No podía observar muy bien su boca, pero quise saborearla. Empecé a desearlo; imaginé que mandaba su trabajo al carajo y se abalanzaba sobre mí en este sofá para poseerme. Trataba de disimular el agite de mi cuerpo por el suyo, pero creo que no lo lograba, porque justo entonces era cuando pedía que distendiera mi rostro. 

Después de un par de horas, terminó.

—Ya te puedes mover.

—No puedo, tengo casi todo mi cuerpo acalambrado.

—¿Me permites que te ayude?

—Sí, claro.

 Empezó a presionar poco a poco las plantas de mis pies, luego mis piernas. Después las estiró, y poco a poco los calambres fueron disminuyendo, pero mis deseos de él fueron aumentando. Repitió el proceso con mis manos y brazos. Al final, me ayudó a reincorporarme y quedé sentada en el sofá, deseando que incluyera masaje en la espalda y besos en el cuello. Pensé en arremeter sobre él descaradamente, pero no estaba segura de que él quisiera lo mismo. Respiré un par de veces antes de ir a cambiarme. Además, estoy comprometida; tengo que ser muy inteligente si deseo tener una aventura.
Al salir, me mostró mi retrato en un folder.

—¿Te gustó?

—Sí, maravilloso. Pero quisiera probar otras poses.

—Por supuesto. ¿Agendamos para el otro martes?

—Sí, por favor.

Tomé mi dibujo, y creo que ya conseguí mi entretenimiento de los martes…

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