¡Me he duchado! | Fátima León
Como cada día desde hacía varios meses, la alarma había sonado a las 7:30 y, como cada mañana, Laura alargó el brazo y la apagó. Pero esta vez, al contrario de muchos otros días, no dio media vuelta para seguir durmiendo. Mantuvo los ojos abiertos mirando cómo el suave sol de la mañana se reflejaba en el techo. A diferencia de otros muchos días, algo en su interior la impulsó a sentarse.
La habitación seguía en silencio. La ropa amontonada en una silla y los libros que había querido leer desde hacía mucho tiempo, apilados en una esquina y llenos de polvo, le recordaban cuanto tiempo había pasado desde que algo se rompió en su interior, desde que su cabeza dijo ¡basta!
Pero esta mañana, el peso en su pecho era diferente. No había desaparecido, seguía ahí, pero había algo nuevo, una ligera impaciencia que le resultaba transcendental.
—Solo un paso, ¡vamos, Laura! —se dijo en voz alta, aunque su voz le sonó ajena, como si no fuera suya.
Nadie le había contado que “cuando estás mal”, cuando no puedes concretar qué te está ahogando en ese momento, cuando tu cabeza y tu cuerpo no responden, olvidas hasta cómo cuidarte y te cuesta mucho mantener la higiene. Ahora sabe que es así y que cada movimiento es una enorme montaña que escalar.
Se levantó lentamente, sintiendo que los músculos casi no le respondían por tantos días de inactividad. Caminó descalza hasta la ventana y, por primera vez en varias semanas, abrió las persianas de par en par. La luz llenó la habitación, iluminando cada rincón que durante tanto tiempo había evitado mirar. El mundo afuera seguía girando: los coches pasaban, los vecinos caminaban con sus perros y los niños, hablando y riendo, se dirigían
al colegio.
Laura respiró hondo. Sentía que el dolor seguía ahí, como una sombra persistente, pero la luz que entraba por la ventana le hizo recordar algo que había olvidado: existía un mundo más allá de su tristeza.
Con esas sensaciones, decidió darse una ducha. El agua caliente fue como un abrazo de consuelo para su piel. Cerró los ojos y dejó que las gotas cayeran sobre su rostro, por todo su cuerpo, mientras sentía cómo el agua se llevaba parte de aquel peso que tanto la acongojaba.
Al salir de la ducha, limpió un poco el espejo empañado y allí estaba ella reflejada, con el cabello mojado y los ojos hinchados, en los que descubrió una leve chispa de vida que no había sentido en mucho tiempo.
Se vistió con ropa limpia, una camiseta sencilla y unos vaqueros cómodos. No había pensado qué ropa se iba a poner, simplemente era lo más accesible que encontró. Salió del dormitorio y se dirigió a la cocina. Sintió que allí el silencio parecía aún más abrumador y se quedó inmóvil en la puerta.
No supo cuánto tiempo tardó en encender la cafetera para hacerse un café pero se sorprendió de lo extraordinario que le resultaba realizar un acto tan cotidiano. Sentirse fresca después de la ducha y el olor del café recién hecho hizo que, por un momento, sintiera que estaba reconectando con una parte de aquella Laura que tenía casi olvidada.
Con la taza en las manos, se sentó junto a la ventana del salón. La calidez del café, el sol que entraba por la ventana y el murmullo de ese mundo exterior que apenas reconocía, le ofrecieron un momento de tregua. Entonces, cogió el móvil y le escribió a Eva, su mejor amiga:
—Eva, ¡me he duchado!
A los pocos minutos, llegó la respuesta:
—¡Te quiero, amiga!
Laura sonrió, era apenas un gesto, pero suficiente para recordarle que no estaba sola. No podía saber qué iba a pasar mañana. Sabía que no tenía la energía para enfrentarlo todo de golpe. El día había comenzado con un paso que era suficiente para empezar a reencontrarse.
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