Me da paz | Ana Fortuny
Daniel Sánchez es un hombre común y corriente. También es un asesino. Esto último, cuando la ciudad lo necesita. Cada cuatro años la policía lo lleva a prisión, y yo lo defiendo. Ad honorem. No tendría nunca el dinero que yo cobro, pero lo respaldo, porque siento que lo que él hace me da paz. De alguna manera se lo retribuyo. No he perdido ningún juicio, por las habilidades que me caracterizan y por las buenas relaciones que he establecido desde que ejerzo la abogacía. Me muevo en muchos ámbitos y la gente me debe favores.
Llegado el momento de lo que a Sánchez tanto le gusta hacer, me llama: «Licenciado Bermúdez, voy a empezar, el bosque está tupido». Y yo le digo que se cuide. Que vaya con Dios. Que si le puedo ayudar en algo. «No se preocupe. Todo bajo control. Cuando me agarren, me saca del bote», me responde. «¿Tiene todas las herramientas?», le pregunto. «Armas blancas: Cuchillos y hachas. Lazos. Y fuego», me aclara. No tiene vehículo, pero se las arregla para que algún amigo le preste un pick up 4×4. O lo renta. Y en él se va, de madrugada.
Al principio les dije que Sánchez es un hombre común y corriente. Lo que no les dije es que en estas fechas se transforma. Rejuvenece, se acentúan sus músculos, está alerta. Y es sanguinario. Empieza por la Avenida del Sol en dirección Norte a Sur. Una de las arterias más invadidas por la propaganda. No son cuatro ni cinco aspirantes. Deben tener un método de reproducción similar al de las cucarachas. Unos cincuenta, grosso modo. Para Daniel, ninguno vale la pena. Hace la primera parada. Saca el cuchillo y corta el cuello del primer candidato a presidente. Imagina la sangre saliendo a borbotones. Aunque es sólo una pancarta, lo disfruta. Detrás de esta hay otra, y otra. De rostros distintos, de tonos distintos. Hombres y mujeres. Hay partidos blancos, azules, rojos. Partidos rojos y azules. Amarillos, verdes, morados, anaranjados… Sánchez se pierde en la ensalada, pero encuentra la yugular de uno de ellos y la atraviesa. En la siguiente va al corazón, o al sitio donde debería haber uno. En la próxima, a las vísceras, el hígado no aguanta. Corta los banners. Deja jirones irreconocibles. «Cualquiera que salga electo, hará más daño», se repite.
Ahora va por los aspirantes al Congreso. Avanza en el pickup todo terreno. Mientras tanto, yo diseño la estrategia de su defensa. Corta, derriba. Se han robado los espacios. Cubren los parques, las iglesias, las escuelas. Por eso, Sánchez los arranca de los postes, de los árboles y de los muros. Los futuros alcaldes también entran en la colada. La frente de Sánchez se empapa en sudor. Mi cuerpo se empapa en sudor. Numerosas pancartas quedan rotas en los arriates y en las calles de la ciudad.
Alguien llamó a la policía. Sánchez debe escapar sin demora. Si se retira ahora no lo atraparán. Pero quiere terminar con la última, sólo una más. Ese minuto es decisivo. Lo retrasa. Oye a lo lejos la sirena de las patrullas, pero acciona el lanzallamas para evaporar a los últimos candidatos. «Que no quede uno vivo», dice para sus adentros. Quema, derrite el vinilo. Los rostros se desfiguran, son de humo. Los cuerpos desaparecen, y con ellos, las malas intenciones. Pero quedan otros en los lugares a los que nunca podrá llegar. El bosque de pancartas es tupido, el bosque de heces apesta. Los policías suben la Calzada del Prado. Llegan a donde el caos ebulle. Rodean al incendiario y lo apresan, como cada cuatro años. «¡Lo defenderé, Sánchez!», le grito. «¡Lo defenderé!». Y mi mujer, con toda la ternura del mundo, me dice al oído: «Mario, despierta, otra vez soñaste con Sánchez».
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