J.L. Rivas

¿Me acompañas en esto?

Las luces de la camioneta apenas permiten ver en la lluvia. Los plátanos desfilan como fantasmas descomunales. No hay tráfico ni transeúntes. Esta noche no habrá testigos. Conduzco el vehículo hacia el embarcadero y lo detengo a pocos metros del muelle. A estas horas las barcas están faenando. En pocas horas llegarán y el sector cobrará vida repentina.  Surgidos de la nada, los trabajadores, despertarán el día con sus gritos. 

     En mi mente aparecen Juliana y los niños, preocupados por mi tardanza. Me pregunto si merecen esto. Con mano temblorosa rozo la palanca de cambios. Espero unos segundos, estoy sudando. Lentamente, pongo marcha atrás y salgo a la carretera. La lluvia arrecia. Zas, zas, zas, las escobillas me acompañan, parecen hablarme: queremos llegar a casa contigo.  

     Hemos llegado, Juliana estará en la cama, despierta. La llave gira con dificultad, dos vueltas y un empujón hacia adentro; ese es el truco. La pesada puerta se abre con un chirrido. Mañana le digo al portero que la engrase, prometo todas las noches. Y que cambie el bombillo del zaguán, que no enciende. —¿Qué importancia tienen estas cosas?, —pienso—. Camino en la oscuridad hasta que la tenue luz del patio interior me permite avanzar. Todo el edificio duerme. La puerta de la cocina está abierta, entro y me sirvo café, está recién hecho.                                                               

     Juliana aparece sin hacer ruido y me abraza con ternura. Me besa y se acurruca junto a mí. No hablamos. Me toma de la mano y me lleva a la habitación, que huele a ella. Por la puerta entreabierta observamos a los niños que duermen en su cuarto, dulces e inocentes. Me quito la chaqueta y la cuelgo. Del bolsillo derecho, asoma el telegrama. Nos sentamos juntos. 

     —Venga, cuéntamelo, conozco tu cara, —me dice— ¿Es por el trabajo?

     —Ya no hay trabajo, —le contesto—, la fábrica cierra.

     Se hace un silencio que parece eterno. Luego Juliana toma mis manos entre las suyas y apoya su cabeza en mi hombro. Quiere hablar, pero un sollozo contenido se lo impide. La abrazo más fuerte y beso su frente, sus lágrimas. Acaricio su pelo, siempre me gustó su pelo. Sus mejillas enrojecen cuando llora. 

     Queremos decir algo y lo hacemos al mismo tiempo, lo que nos provoca una risa nerviosa.

     —Oye, Pablo, mi amor, ¿Desde cuándo nos hemos rendido ante los problemas? ¿Recuerdas cuando Gabrielito acababa de nacer y no teníamos dónde vivir, y apareció esa tía tuya con el piso que había dejado el inquilino?  Sólo tendréis que poner una cama y algunos muebles, nos dijo: quedaos el tiempo que haga falta. Y a ti te daba vergüenza, pero fue la solución hasta que pudimos pagar un alquiler. Recordaba muy bien ese momento, y también mi dolor, mi orgullo vapuleado por no tener cómo sacar adelante a mi familia. 

     Juliana ha sido una madre maravillosa y una esposa sacrificada, pero no triste ni vencida. Yo no quise que trabajara, mejor que cuidara de los niños. En el fondo estaba mi orgullo de esposo y padre fracasado. No pensaba en ella, solo en mi amor propio. “Todavía se puede”, martillea una voz en mi cabeza.

—He vuelto a dar clases —me sorprende—¿Te acuerdas que cuando no teníamos hijos yo pintaba? Hay dos cuadros en casa de mis padres, a la entrada y en el salón. Pintura decorativa, sobre tela y esas cosas. He estado enseñando aquí en casa, por las tardes, cuando tú no estás. A un grupo pequeño, me siento bien y puedo atender la casa. Bueno, pues tengo unos ahorrillos, por un tiempo servirán, más lo del paro… Anda, alegra esa cara.

     —Pero…, intento decir algo.

     —Nada de peros. Si tú tienes que ir al fin del mundo, yo iré contigo, ¿lo sabes, verdad? —Pues entonces acompáñame en esto ¿vale?

Me lo dice dulcemente, me doy cuenta que no quiere herirme. Es maravillosa. Asiento y sus ojos brillan, la amo.

—Ven, es muy tarde, acuéstate —me dice con una sonrisa—, poniendo su amo sobre mi lado de la cama.