Matilda

María Coll

Todas las mañanas, Matilda salía a pasear. Poco después de las ocho de la mañana, dirigía sus pasos a un enorme parque cercano a su hogar, enfundada en uno de sus coloridos atuendos  apropiados para su rutina mañanera.  

A sus casi ochenta años, Matilda amaba los colores. Su pelo rojo chillón conjuntaba con su sudadera violeta y rosa y sus leggins de arco iris. Sus ojos verdes, que siempre sonreían, estaban arropados por una sombra de ojos verde difuminada con el lápiz delineador. Sus pómulos, realzados por un colorete rosa, enmarcaban el contorno de su  redondo y ya arrugado rostro. 

Violetas, rosas, naranjas metalizados, azul celeste, rojo bermellón, amarillo limón… La alegría innata de su corazón relucía de fuera hacia dentro, y de dentro hacia fuera… 

En su paseo mañanero, Matilda siempre se cruzaba con una mujer que, sentada en un banco, cerca del estanque de los patos, alimentaba cada mañana a todas las aves que querían acercarse a por su pan duro.  

Esa mujer tenía los ojos más bellos que Matilda jamás había visto. Negros azabache y enormes, con una profundidad casi antinatural. Eran el motivo de los desvelos de nuestra protagonista. Matilda aminoraba su paso cuando la veía y sus miradas se cruzaban. Era ese momento cuando el espacio y el tiempo se paraban. Las aves que rodeaban a la mujer de los ojos negros se silenciaban, y solo quedaban ellas en el universo. Solo esa mirada, ese viaje a las entrañas del alma. Esa parada de los latidos del corazón, de la respiración.  

Cada mañana Matilda se proponía parar su paseo, sentarse a su lado y terminar con esa intriga diaria. Pero, cada mañana, cuando sentía el embrujo de amor de esos ojos, olvidaba todo lo demás. 

El resto del día recordaba sus encuentros mañaneros con esa desconocida de ojos negros como si de un sueño se tratase. Iba a un centro de día de mayores muy alternativo, donde estaban sus amigas y amigos. Hacía yoga y teatro, y recibían charlas sobre sexualidad en la tercera edad o los beneficios del agua de mar. 

Matilda era feliz con su vida. Era feliz porque disfrutaba de cada minuto que la vida le regalaba. Se rodeaba de la gente que la quería y la hacía reír. De gente que le aportaba compañía, alegrías y calidad de vida. Pero cada noche, cuando se acostaba, el recuerdo de esa mujer y su mirada la acompañaban gran parte de la noche. En su dilatada vida sabía que los regalos del universo hay que cogerlos, hay que disfrutarlos y agradecerlos, y no entendía cómo no era capaz de acercarse a ella. Era el amor de su vida. Lo había visto en esos ojos. Lo había sentido en el momento en que la había visto por primera vez.  

Esa mañana se levantó un poco mareada. Se puso su camiseta lila y su pantalón deportivo azul. No pudo llegar al parque. Una mancha negra se puso en su campo de visión, y fue lo último que recordó.  

Momentos de semiconsciencia. Luces a través de sus párpados cerrados. Voces lejanas e irreconocibles. Oscuridad. Sopor.  

Matilda tuvo la sensación de despertarse de una larga siesta veraniega. De esas siestas que, cuando te despiertas, no sabes ni en qué día estas. La vuelta a la consciencia fue poco a poco, plácidamente y con mucha calma. Alguien le estaba cogiendo la mano. Era una sensación agradable que alargó un rato mientras decidía abrir los ojos.  

Su gran amor estaba sentada al lado de la cama del hospital, donde ella reposaba y se recuperaba. Sonreía tiernamente mientras acariciaba su antebrazo.  Le dijo: “Tienes que desayunar antes de salir de casa, querida Matilda. El azúcar, a nuestra edad, ya no funciona tan bien como antaño. Por cierto… soy Mirta”. 

Matilda sonrió y cerró los ojos. Supo que nunca volvería a salir de casa sin desayunar. Supo que de una manera u otra ella regalaba color y felicidad al universo, y este le correspondía. Y supo que nunca más se separaría de su amada Mirta.