Más allá | Roberto Vega
Principios de 2024.
—Bueno, ya está publicado. —La mujer se incorporó—. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que iniciaste el proyecto? ¿Cuatro años? —Desplegó su bastón blanco, se dirigió a la puerta del despacho guiada por la puntilla metálica rodante de su parte inferior, y se detuvo en el umbral—. ¿Elena?
—¿Sí?
—No te imaginas lo que esta iniciativa representa para las personas ciegas y con visión reducida. —Elena asintió—. Nos permite escuchar al Universo, hacernos una idea de su forma… y es una realidad gracias a ti. —Suspiró…—. Descansa, ha sido un día agotador. —Dio media vuelta, y salió del despacho.
Elena fijó su mirada en el óvalo, repleto de señales luminosas, que mostraba la pantalla de su ordenador mientras los pasos de la mujer se perdían por los pasillos del edificio. Apreciaba el silencio después de un día repleto de actos. Pulsó el botón intro del teclado, y una línea vertical comenzó a barrer de izquierda a derecha —como un radar— el óvalo preñado de luces —las más grandes representaban las galaxias; las pequeñas, las estrellas y otros cuerpos celestes—. «El escáner del Universo», susurró. La melodía que acompañaba al movimiento era agradable, y, cada vez que la línea traspasaba un punto luminoso, el sonido variaba; como las notas de un pentagrama.
Pausó la imagen y seleccionó una nueva: un círculo de luz más gordo resaltaba sobre los demás; era Sirio, la estrella más brillante de la constelación de El Can Mayor.
Elena notó el suave tacto de la tecla rozar la yema de su dedo. Permaneció inmóvil. Aquella estrella era como una puerta, un acceso al pasado, a su niñez, a las noches de verano en la casa de vacaciones de su bisabuelo. Después de cenar, cuando ambos salían al jardín, solían sentarse uno junto al otro, y observaban el tupido manto plateado que cruzaba el firmamento; en el interior de la casa, el rumor de conversaciones; más allá de los setos, el canto de los grillos en las praderas, y el croar de las ranas en las lagunas.
—Y… ¿por qué sabemos que la luna está en creciente? —le había preguntado su bisabuelo.
—Yayo, esa pregunta es muy fácil…
—Ah, ¿sí?
—Sí, es porque tiene forma de una ce al revés.
El anciano asintió.
—Bien, bien, veo que ayer estabas atenta. Veamos, ¿y cómo se llama esa estrella?
—¿Cuál, esa que brilla tanto?
—Sí.
—Eh, ¿Sirio?
A la pequeña le gustaba la sonrisa de su yayo. Había personas que sonreían con la boca, como su hermano mayor, otras que lo hacían con las mejillas, como su mejor amiga, y otras con la mirada, como la yaya; pero el yayo era distinto. Él, cuando se reía, lo hacía con todo el rostro, hasta con el brillo de sus pequeños ojos marrones.
Elena presionó el botón. La línea se fue desplazando hacia la derecha y el sonido comenzó a reproducirse en los altavoces. Cerró los ojos y escuchó de nuevo. La melodía era más suave que la anterior. Cuando la línea traspasó Sirio, una sutil descarga recorrió la espalda de la joven, y le hizo regresar al jardín de la casa de verano, poco después de que el yayo los dejara.
—Hola, cariño, ¿qué estás haciendo aquí?
—Hola, mami, estoy hablando con el yayo.
—¿Con el yayo?
—Sí. Mira, es aquel.
La pequeña señaló un punto brillante en el cielo.
—¿Esa estrella no es Sirio?
—Sí, es Sirio, allí está el yayo. Hablo con él todas las noches. Una vez, cuando todavía estaba aquí abajo con nosotros, me dijo que las personas, cuando dejan este mundo, suben al cielo, a las estrellas, así no están solos, y desde allí nos iluminan todas las noches; es su forma de hablarnos.
El sonido del ordenador se detuvo. Elena todavía podía sentir el tacto de las manos de su madre mientras esta había acariciado su cabello, abrazadas, con los ojos hacia arriba, y la brisa de la noche envolviendo sus cuerpos. Apagó la luz del despacho y salió del edificio. Estaba despejado. En lo alto, en medio de la lengua blanquecina que surcaba el espacio, una estrella brillaba por encima de todas, y parecía sonreírle.
1. El 20 de mayo de 1964 los radioastrónomos americanos Robert Wilson y Arno Penzias descubrieron la radiación de fondo de microondas (CMB, por sus siglas en inglés), el eco térmico del nacimiento explosivo del cosmos. Este descubrimiento puso la teoría del Big Bang en tierra firme, lo que sugería que el Universo creció a partir de una pequeña semilla —un único lugar— hace unos 13.800 millones de años.
«Cuando escuché por primera vez aquel inexplicable zumbido, nunca soñé que significaba estar conectado a los orígenes del Universo».
Arno Penzias
La NASA consiguió transformar los datos astronómicos captados por el observatorio de rayos-x Chandra, un satélite artificial lanzado el 23 de julio de 1999, en sonidos. Esta «sonificación» del Universo se logró al traducir cada color en las imágenes a un tono musical distinto.
A principios de 2024, se publicaron tres «sonificaciones» de datos obtenidos con Chandra y otros telescopios, junto con un documental en la plataforma NASA+.
Según el budismo, los cuerpos celestes no solo son luces en el cielo, son símbolos de nuestra existencia, reflejos de nuestra mente y señales del camino hacia la sabiduría.
«Todo lo que existe en este Universo está construido sobre la vacuidad. Solo con el vacío hay existencia».
Buda
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