Mariposas de cristal | Cristina Solanas
La habitación de Aylin era luminosa y estaba pintada de color azul cielo; tenía muebles blancos, un sillón para disfrutar de la lectura y un escritorio lleno de papeles, pinturas y pequeñas cajitas. Pero lo que realmente llenaba de color la habitación eran las fotografías y dibujos de mariposas, la mayoría pintadas por ella misma, colgadas en el mural de una de las paredes. Era un reflejo de la admiración que sentía por estos delicados animales.
Cada año, los campos se llenaban de mariposas de vistosos colores: doradas como el sol, azules como el cielo, rojas como el fuego, verdes como las hojas de los árboles, naranjas como un atardecer, negras como la noche, moradas como los campos de lavanda. Cada una representaba un sueño que alguien había tenido durante el invierno.
Pero las de Aylin eran distintas: las suyas eran de cristal. Emergían con delicadeza, translucidas y frágiles como un susurro. Mientras las mariposas de los demás se elevaban con gracia, las suyas se desplomaban, y se rompían en mil pedazos contra el suelo.
Sus vecinos la miraban con compasión.
―Quizás no sueñes lo suficiente ―le decían algunos.
―Tal vez tus sueños no son lo bastante fuertes para volar ―añadían otros.
Sus ojos se llenaban de lágrimas y se prometía a sí misma que haría todo lo posible por soñar intensamente. Pero llegaba la siguiente temporada, y sus mariposas seguían naciendo de cristal. Se hacían añicos, al igual que su corazón. En una ocasión, cansada de ver la lástima en los ojos de tus vecinos, se internó en el bosque en busca de un anciano sabio. Se decía que él entendía el lenguaje de las hadas del viento.
El camino era largo, pero Aylin siguió adelante, con la esperanza de encontrar respuestas. Finalmente, llegó a una pequeña cabaña cubierta de enredaderas. En la puerta, un anciano con barba blanca la observó con curiosidad.
―Has venido desde lejos ―le dijo él, invitándola a pasar.
Aylin le mostró los restos de una mariposa, con sus cristales rotos.
―Cada año es lo mismo ―susurró, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas―. Los demás tienen mariposas fuertes y hermosas, pero las mías no sobreviven. No pueden volar.
El anciano tomó uno de los cristales que le mostraba la niña y lo sostuvo frente a la luz del fuego que titilaba en la cabaña. El reflejo creó un tenue resplandor en las paredes de la cabaña.
―Son mensajeras del sol; reflejan el alma de quien las sueña ―dijo con voz pausada―. Las tuyas no son débiles: son distintas.
―Pero, si no pueden volar, ¿de qué sirven? ―preguntó ella con amargura.
El anciano sacó de su bolsillo una pequeña figura de cristal, similar a las joyas de Aylin. La sostuvo al trasluz de un rayo de sol que entraba por la ventana y, de repente, algo mágico sucedió: comenzó a brillar con un resplandor deslumbrante. El destello se fragmentó en cientos de colores, y formó un arcoíris que iluminó la cabaña.
La pequeña contuvo el aliento, mientras observaba los colores con los ojos muy abiertos.
―Las tuyas no están hechas para volar: están hechas para iluminar ―dijo el anciano con una sonrisa.
En la siguiente ocasión, y por primera vez en su vida, Aylin sabía que sus sueños no estaban rotos y no sintió vergüenza cuando sus mariposas empezaron a nacer. Las recogió con cuidado y las colocó sobre las piedras, en las ramas de los árboles y en los tejados de las casas. La luz del sol tocó los cristales y el pueblo entero se llenó de colores: rojos intensos, azules profundos, verdes vibrantes, violetas como los lirios y cálidos naranjas se reflejaban en los muros y los caminos. Vecinos y curiosos se detenían a contemplar el espectáculo, maravillados. Nunca habían visto algo así.
Desde entonces, cada año, el pueblo espera con expectación la llegada de la primavera.
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