Vanessa López

Marga y Lida

En cada pestañeo habitan pensamientos intrépidos, capaces de mover el viento. Son pensamientos entrelazados, a veces ahogados entre tantas lágrimas. Sueños posibles lejos de su alcance, que se le amontonan como las pestañas, incluso se le juntan y se le enmarañan. Arrastra una vida cosida sin hilo, igual que sus heridas curadas con nada. Le han dejado huella en el alma y se traslucen en la piel a modo de remiendos inconexos. 

Tiene surcos profundos que le cubren el rostro: son los días pasados, los días vencidos, los días perdidos… Ahora sonríe mintiendo, y estira los pliegues que orbitan en torno a sus labios. Pliegues que aprietan carcajadas presas. Ha dejado de sonreír y ha vuelto a esconder sus labios debajo del laberinto de piel. Allí los resguarda de las muecas venideras. Los calienta y los sella. 

Sus iris se parecen al azul del cielo, pero opaco, manchado quizás de penas y llantos. Se ha teñido de azul marino, cubriendo secretos ocultos. Combate el desaire con los párpados, intentando aclararlos con cada roce cansado. Su mar de lágrimas está marchito, tan solo resiste la sal que mancha su mirada dejando la sensación de olvido.  

Ha perdido el cabello, no todo porque aún le queda camino. Lo ha ido esparciendo por los senderos de su mala vida para asegurarse la vuelta. Sueña con regresar recogiéndolo, para armar de nuevo su larga melena, o tener la oportunidad de vivir con decencia. 

Le pesan las orejas, a veces se las estira para comprobar que las tiene pegadas a la cara, que no son un lastre de sufrimientos que acarrea. Se las atusa y las alza. Intenta convertirlas en una balanza en la que pesa las emociones o los miedos, las ilusiones o los fracasos, los logros o las pérdidas. 

Las carencias le robaron las perlas, ahora muerde con huecos que le siguen doliendo. Muerde los días que tiene suerte. Los días de hambre: solo masca el aire. 

Se le ahondaron los hoyuelos tanto que son pozos excavados, rellenos de vacíos. Claman al consuelo, pero solo son esperanzas fallidas. La soledad le embriaga, vaga mendigando amor por los lares de la vida. Suplica en silencio caricias y ternura. Desea ser algo más que un cuerpo, tal vez un ser, un hombre, un espíritu con aliento. 

Se le ha inundado el entrecejo de sabiduría. Entre pellejos, guarda sus dichos y adivinanzas, sus chascarrillos y alabanzas, sus descubrimientos y sus hechos. Ya no tiene a quién enseñar, ya no tiene con quién dialogar, ya no tiene por quién luchar. Perece poco a poco a causa de la melancolía. Espera sereno su muerte, en la noche, en la mañana, en la tarde, al alba… Mira hacia el cielo en busca de paz. Sabe que su lucha merece pronto, un final.