Maqui

Pedro Muelas

Lo peor de ser traicionado es que mueres sintiéndote que eres gilipollas. Me encuentro tirado en el suelo de nuestro campamento, en mitad de la sierra con las aliagas y el sotomonte como único refugio. Tengo frío, y poco a poco deja de dolerme. Lo he visto en otros, se lo he hecho a otros. Está llegando el final. Demonios, me gustaría tener una de esas botellas de vino.

Aún recuerdo la última vez que bebí, tranquilamente, sin la amenaza constante de ser descubierto, en una casa, caliente y con una cama. Estábamos descansando al lado de una de las estufas, el gobierno estaba en Valencia. Las noticias prometían que la guerra daría un giro cuando Francia e Inglaterra le declarasen la guerra a Alemania. Discutía con el Ronzales cuando entró el Estudiante, al que habíamos mandado a por otra botella de vino. El parte de guerra decía que la república se había rendido y la guerra había terminado.

Nos sentamos sin saber que hacer o que decir. De repente sentí que una fuerza me levantaba, no pensaba acabar como los camaradas que se habían rendido en Teruel, muriéndome de hambre en un campo de prisioneros, en la tapia del cementerio o algo peor. Los otros me imitaron, cogimos todo lo que pudimos cargar y salimos corriendo. Aquello no era el final de la guerra, era el principio.

Encontramos un vallejo donde podíamos hacer fuego sin ser vistos. Robamos armas, compramos munición, al principio algunas personas nos daban comida, para ellos todavía éramos héroes de la lucha antifascista. Incluso algún chico intentó unirse a nosotros. Aceptamos a unos pocos, los otros nos eran más útiles en el pueblo. Nos sentíamos tan seguros que hasta ayudábamos a un mendigo que había llegado recientemente al pueblo.

No había elegido ese sitio al azar, era donde vivía mi amada Rosa. Conocía también al Julián el guapo. El nuevo rico del pueblo, había conseguido pasar la guerra y hacerse rico vendiendo a los dos bandos. Ahora con el extraperlo su fortuna no conocía límites. Le despreciaba porque no tenía más moral ni sueño que ver sus orzas a rebosar y su colchón con más dinero que lana. Pero era el único que podía traernos el contrabando que necesitábamos, le pagábamos bien sus servicios.

Aun pude encontrarme un par de veces con mi amada Rosa. Al final pasó lo que tenía que pasar. Se quedó embarazada. Yo no podía hacer nada por ella. Julián el guapo se ofreció y se casaron, al menos la criatura tendría un padre. Era un secreto a voces que era un invertido, ese niño le ayudaba a lavar su imagen.

Las cosas empezaron a ir mal. Los otros campamentos estaban cayendo. No podíamos fiarnos de nadie. El mendigo era el único contacto con el exterior. En los momentos de soledad recordé las cosas horribles que habíamos hecho en nombre del Partido. Empecé a tener pesadillas con el hombre al que ejecutamos. Sólo era un zapatero que iba a misa los domingos. Le pegamos un tiro en la barriga para que fuese desangrándose por las calles. Llamó a todas las puertas y nadie le quiso abrir.

También recuerdo el día que nos encontramos con un pastorcillo. Un mozo al que habían mandado a cuidar el ganado. Yo quería dejarle en paz, pero el Ronzales se empeñó en que podía delatarnos. Le dijo, «Corre en esa dirección, si llegas al muro al otro lado de la parcela te dejamos ir». En cuanto dio unos pasos le disparó por la espalda. Le miró los bolsillos para ver si tenía algo de valor. El Estudiante empezó a dudar, no pasaba un día en el que no nos sugiriera entregarnos a la justicia. Yo ya no confiaba en él y creía que nos traicionaría. El mendigo era mi único amigo en el mundo, él me escuchaba.

Intentamos atacar la casa del gobernador militar, demasiado tarde descubrimos que nos estaban esperando. Conseguí escapar, pero ahora estoy en el campamento y sé que mi hora está llegando. Al final resultó que el traidor era el puto mendigo, un guardia civil disfrazado, le habíamos tenido todo el tiempo con nosotros y no lo sabíamos.