Manita de coaching

Enrique Gómez

A pesar de ser lunes, todos fueron sospechosamente puntuales. No quedaba rastro de la euforia irresponsable de la semana anterior: las caras, los silencios y las cabezas gachas, delataban el arrepentimiento por aquella situación que se les había ido de las manos.

Puede que sólo fuera un mano a mano de sugestión colectiva, pero tiempo después, cuando algunos se atrevieron a hablar de lo que pasó (de lo que empezó a pasar) aquella mañana, coincidieron en que la atmósfera dentro del edificio era brumosa y que las luminarias parecían brillar muy por debajo de su vataje nominal. Aquello, más que una comisaría, parecía la sala de espera de un proctólogo.

¡Qué diferencia con la semana anterior! Al jefe lo habían llamado a la capital para participar en un outdoor-training —según dijo, torciendo la boca, para presumir de su nivel de inglés medio-alto—. Se hicieron chascarrillos al respecto, a cuál más cafre, recreando la imagen del “viejo” dando panzazos por el monte, acribillado a balazos de tintas de colores, a manos de otros comisarios más jóvenes y capacitados —porque el hombre arrastraba el pecado de haber nacido cuando el baby boom y estaba en esa edad en la que ya nada se perdona—.

La ausencia del comisario fue mano de santo para el maltrecho ambiente laboral. Acostumbrados a trabajar bajo rugidos, durante aquellos cinco días no se dio un palo al agua. Los casos se amontonaron en la bandeja de entrada sin ser dados de alta en el sistema, el personal de calle no había pasado del bar de la esquina, los teléfonos se desgañitaban inútilmente y, en Atención al Ciudadano, hubo algún rifirrafe con vecinos indignados por las largas esperas.

Para extrañeza de todos, aquel lunes, el comisario no llegó temprano. Precipitadamente —porque nadie quería ser pillado con las manos en la masa—, el personal aprovechó para arreglar, en lo posible, una semana de dejación casi absoluta. Mientras llegaba el jefe, se tramitaron (mal) expedientes a troche y moche, se dieron por cerrados casos flagrantes y los uniformados salieron de patrulla antes de hora para huir de la quema.

A las nueve y cuarto, el comisario apareció por la puerta. Si alguien se hubiera atrevido a alzar la mirada, habría visto a un hombre de aspecto fulgente y sonrisa bonachona con un libro bajo el brazo, en cuya portada estaba escrito: «Liderazgo y mano izquierda».

Era evidente que el jefe volvía transformado, derrochando bonhomía a manos llenas. En vez de atravesar la sala a zancadas, como siempre hacía, se fue deteniendo mesa tras mesa, interesándose por cada uno de ellos, como si llevara años sin verlos, o alguna vez le hubieran importado poco más que un mojón. Generando más inquietud que familiaridad, llegó al despacho, entró y dejó abierta la puerta, de par en par.

Desde fuera, con angustia, se le vio encender el ordenador. Mientras esperaba a que el sistema se iniciase, abrió el libro que tenía a mano y empezó a leer con aire tranquilo. La preocupación del personal crecía: ojalá los de Sistemas hubieran vuelto a pifiarla y no estuviese listo el Cuadro Operativo semanal.

Pasados pocos minutos, el comisario dejó a un lado el libro, suspiró relajado y —manos a la obra— se centró en la pantalla. Por la forma de irse acercando al monitor, examinándolo lentamente de arriba abajo y de izquierda a derecha, estaba claro que el jefe tenía delante los espantosos resultados de esa especie de fiestas patronales que se habían celebrado en su ausencia. Todos agacharon la cabeza y se prepararon para lo que estaba por llegar.

Casi simultáneamente sucedieron tres hechos. Primero, se oyó como el bramar de un animal herido. Inmediatamente después, el libro atravesó volando la oficina, desbaratado, y acabó golpeando, de canto, la cabeza de alguien, que no emitió ni un ¡ay! Finalmente, el comisario, convertido en el energúmeno que todos recordaban, se plantó en el centro de la sala y con mano dura, dio órdenes a voces durante el resto del día, y del siguiente, y del otro, y del otro…