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Maletín de huesos | Noelia Cuadrado

Maletín de huesos | Noelia Cuadrado

La observaba con mi cara ladeada en la cama y con mi fémur taladrado y colgado de aquella estructura, más propia de la Inquisición que de la Sanidad Pública. Veía sus enormes ojos clavados en la selección de cartas que sostenía entre sus manos. Yo sujetaba las mías con una de estas únicamente; la otra reposaba sobre el colchón, con una vía unida a un gotero. “La segunda por la derecha”, le indicaba, y ella la tomaba y la añadía al montón. Así pasábamos las tardes. Notaba cómo miraba a mi madre; lo cierto era que sentía algo de celos cuando sucedía, ¡qué tontería! Pero… no sé, era una especie de halago al percibir el brillo en su mirada, que a la vez me hacía sentir una necesidad de remarcar que estaba allí para acompañarme a mí. Con el paso del tiempo, me remueve la culpa por no haberme dado cuenta de lo que Blanca anhelaba.

Cuando el carrito con la cena sonaba al inicio del pasillo, se despedía de nosotras con una suave voz. Pensaba que era porque, al igual que yo, odiaba ese momento en el que nos obligaban a comer. No tenía plato favorito: todos me daban asco por igual. Blanca decidía no comerlos, a pesar de la insistencia de las enfermeras y de los consejos de mi madre.

Por la mañana, después de la analítica y del desayuno, venía a visitarme. Mi madre me había comprado un maletín rosa, con joyas y accesorios en su interior (de plástico, obviamente; y hortera también: eran los noventa). Blanca me colocaba cada una de las piezas en mi muñeca, en mis dedos, en mi cuello… e intentaba peinar mi pelo, a pesar de estar recogido para evitar nudos por el roce con la almohada. “Está muy guapa, ¿verdad?”, le preguntaba a mi madre. Y yo, que consideraba que la modernidad nos venía dada en el momento en que la adolescencia llegaba a nosotras, creía en sus palabras a pies juntillas. Sus escuálidos dedos rozaban mis infantiles mejillas, y me sonreía dulcemente.

Nunca me respondió cuando le preguntaba si su madre había salido durante las visitas que nos hacía. O si ella también le daba la mano cuando se quedaba dormida en el sillón, junto a su cama. De hecho, fue la tristeza que me invadió cuando su mirada bajó al suelo la que me indicó que no debía ser tan cotilla.

Recuerdo la euforia que sentí cuando el médico dijo que me daría el alta al día siguiente. Ese día, ella no vino a visitarnos, y yo pensé que, lo mismo, por fin, tenía compañía. Por la mañana recogimos todas mis pertenencias (juguetes y amuletos): el maletín rosa, las cartas, un manojo de minichupetes de colores, una estampita de una virgen colocada sobre la cabecera… Las enfermeras me sentaron en una silla de ruedas mientras mi madre firmaba los papeles de mi libertad. Mis ojos no se apartaban de la puerta: esperaba, impaciente, ver ese delgaducho cuerpo juvenil entrar y poder despedirnos.

Avanzamos por el pasillo hasta el ascensor, intentando manejar bien aquel nuevo vehículo sin atropellar a nadie. A la altura de su habitación, nos detuvimos: estaba abierta. La cama, hecha; las sábanas, blancas y azules, bien estiradas; por la ventana, ligeramente entornada, se filtraba el ruido de los coches. Desprendía un olor a desinfectante y medicinas. Miré a mi madre para asegurarme de que no nos habíamos equivocado de puerta: tenía sus ojos muy abiertos y los movía de un lado a otro de la sala. No había nadie a quien preguntar. Los que recorrían el pasillo parecían demasiado ocupados como para detenerse, como para fijarse en nosotras…

Durante mucho tiempo (más del que a mi madre le hubiera gustado), cada vez que me amenazaba con que si no me terminaba la comida acabaría en el hospital, me acordaba de Blanca: ¿qué sería de ella?, ¿estaría bien?, ¿jugaría a las cartas aún?, ¿conocería nuevos trucos de moda?, ¿se sentiría sola? Con los años, aprendí que la incertidumbre forma parte de nuestras vidas, las cuales no son más que relatos en paralelo o, simplemente, cruzados; a veces con finales sin cerrar y, otras, con desenlaces que preferiríamos no conocer.

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