Ana Efigenia

Maldita soledad

Camina tambaleándose herido de muerte. La crueldad se ha fijado en él, o quizás… quien osa utilizarla. 

Su cuerpo desgarrado se curva por el dolor. La sangre que derrama tiñe su pelaje blanco. Una fatídica flecha lanzada por un maldito, atraviesa su cuerpo desvalido desde su costado derecho hasta la zona del abdomen del lado contrario. 

Sus ojos siguen brillando a pesar de haber recibido el castigo. Confundido, busca en el halo humano la compasión, sin entender que la misma humanidad crea monstruos capaces de hacer tal barbaridad.  

Su inocencia y fidelidad no se han quebrado al verse solo, desprotegido a la intemperie, donde el salvaje lo ha dejado tirado después de saciar su sed de estupidez jugando a alcanzarlo con una ballesta mientras le lanzaba pelotas para que fuera a buscarlas. 

Cae al suelo después de estar horas intentando no flaquear. La flecha le ha impedido tumbarse y ha intentado por todos los medios mantenerse erguido. La debilidad que le proporciona la hemorragia y la sensación inentendible de abandono le ha hecho desvanecerse.  Al caer a emitido un quejido de dolor, justo al romperse su carne por la presión que ejerció el suelo contra la parte colindante de la flecha. 

Sus lagrimales se han inundado, y un afanoso crepitar se ha despertado en su cuerpecito al sentir el frío que le otorga el torrente de sangre vacío. 

Llora en silencio, pero no por el dolor que le ocupa el cuerpo, sino por el sentimiento de soledad que le ha invadido. 

Lo perdona, en el mismo momento que lo abandonó lo hizo, es tal el amor que le profesa, que incluso después de haber tenido una vida hostil a su lado, lo perdona. 

Espera hasta el último aliento a que su dueño vuelva. Y muere solo.  



10 de diciembre de 2010

 

Queridos reyes magos, como este año he sido muy bueno y ya he cumplido los ocho años, os voy a pedir un solo regalo, pero muy especial. 

Me encuentro muy solo, mis padres nunca están en casa y tengo que prepararme la comida casi todos los días. He sacado buenas notas (no he suspendido ninguna asignatura), y me porto bien en la escuela desde que me castigaron por romperle un brazo a Manuel. Prometí no volver a hacerlo. 

Deseo que me traigáis un perrito, uno pequeñito y blanquito (si puede ser). Prometo cuidarlo y protegerlo hasta que sea un viejito que no pueda caminar. Tengo algunas monedas ahorradas… bueno, más bien se las he sisado a mi padre (da igual que os lo cuente porque sé que lo veis todo), y pienso comprarle una camita y un comedero que he visto en la clínica veterinaria que hay en la esquina del edificio donde vivo. Hasta el año que viene. 

23 de diciembre de 2011

Queridos reyes magos, me gustó mucha la ballesta que me trajisteis el año pasado, pero sigo esperando el perrito. Este año no me he portado tan bien como el anterior, pero prometo hacerlo si me lo traéis. 

 

18 de diciembre de 2012

Queridos reyes magos, sé que me he portado muy mal, he vuelto a romperle el brazo a Manuel, bueno, aunque no ha sido el mismo, y he suspendido mates e inglés (la profesora es una estúpida), todo hay que decirlo. Sigo esperando que me traigáis un perrito, seré bueno con él, no voy a romperle ninguna pata. 

 

6 de enero de 2013

Queridos reyes magos, este año no os había escrito una carta. Gracias por traerme el perrito y gracias por perdonarme por mi comportamiento. A partir de ahora seré más bueno. 

 

Flaco calmaba todos los ataques de ansiedad que sufría Carlos, su dueño. Cada vez que regresaba de la escuela con una nota, cada vez que se peleaba en la clase o en la calle, cada vez que pasaba los días completamente solo sin las atenciones de sus progenitores, cada vez que las tenía, cada vez que no conseguía lo que quería… Siempre se acercaba a él dando pasitos diminutos hasta que se enroscaba entre sus piernas y le hacía carantoñas para que olvidara su mal día, año tras año. Hasta que un día se fracturó una patita, e impedido, no le consoló cuando lo necesitó. Así se rompió el arraigo, y Flaco se convirtió en su punto de ira.