Lucía y el alisio | Fátima León
Lucía tenía once años y como cada tarde, casi desde que aprendió a caminar, jugaba en la playa con la cometa azul que le había regalado su abuelo.
Aunque aquella tarde la brisa no parecía normal, Lucía corría y gritaba: —¡Vuela, vuela más alto, cometa! — mientras sostenía con fuerza el hilo entre los dedos.
De pronto, el cielo se tiñó de un gris metálico, como si se hubiera vuelto muy pesado. No parecía que viniera tormenta, pero notaba que algo iba a suceder, algo que Lucía no alcanzaba a comprender.
La cuerda de la cometa se tensó de golpe. No por una ráfaga de viento, sino como si algo —o alguien— tirara desde lo alto.
Entonces escuchó un susurro. Una voz suave, casi un aliento.
—Hola, Lucía.
—¿Quién eres? —preguntó ella, con voz temblorosa.
—Soy Alisio. Un viejo viento. No me conoces, pero siempre he estado aquí. Desde mucho antes de que tú nacieras. Antes incluso de que esta playa tuviera nombre.
Lucía no sintió miedo. El viento hablaba con una calma antigua, con la serenidad de quien ha visto demasiado y ha aprendido a no apresurarse.
Con cuidado Lucía se sentó en la arena y, sosteniendo la cometa aún en alto, preguntó: —¿Por qué me hablas?
—Porque hace mucho que te observo —dijo el viento— y sé que, cuando vuelas tu cometa, juegas conmigo sin querer dominarme… ¡y también sé que te gustan mucho las historias!
—Sííí —asintió Lucía sonriendo—, ¡me gustan mucho!
Entonces, le dijo Alisio, te voy a contar algunas.
Le habló de barcos de vela que partían desde puertos europeos y de marineros que embarcaban sin saber si volverían a casa algún día, de mapas inacabados, de noches sin estrellas, de capitanes que confiaban en él para no perderse. Era él, el viento Alisio, quien los empujaba, siempre en la misma dirección, desde las Islas Canarias hasta las costas de América.
Lucía tragó saliva. El viento no se movía, pero estaba en todas partes: dentro de sus oídos, detrás de sus ojos, envolviendo su corazón.
—Transporté sueños, riquezas, promesas —continuó narrando el Alisio—, pero también llevé dolor, cadenas y silencio.
—Mi profe nos dijo que fuiste muy importante para el descubrimiento de América —dijo Lucía.
—Así es —respondió Alisio—. Cuando los primeros navegantes se atrevieron a cruzar el Atlántico, antes de que los mapas tuvieran forma, fui yo quien les abrió camino.
Soplé las velas de Cristóbal Colón hacia lo desconocido. Fui el guardián del viaje —dijo con orgullo—. Guie carabelas y galeones desde Europa hasta América, y luego les marqué la vuelta por otros rumbos. Eso cambió el mundo.
También tracé las rutas del comercio: desde Europa, llevaban armas, tejidos, caballos; desde América, regresaban con cacao, tabaco, maíz; y desde África, desgraciadamente, llevaban vidas humanas.
Nunca elegí a quién transportaba. Yo solo soplaba. Pero lo vi todo. Fui cómplice y testigo. De pronto, la cometa dio un tirón seco, Lucía se puso de pie y preguntó: —¿Y ahora qué haces porque ya casi nadie navega con velas?
—Es cierto —dijo Alisio con melancolía—. Los motores han cambiado la forma de navegar. Pero aún soy esencial para quienes respetan el mar: veleros, pescadores, meteorólogos. Mis corrientes indican rutas, mi perseverancia da seguridad. Sin mí, las zonas tropicales serían más cálidas, y las lluvias más impredecibles.
—Entonces, ¿también ayudas a la vida en la Tierra?
—Así es. Soy parte de un gran engranaje. Traslado humedad desde los océanos hacia las tierras, alimento las nubes, doy vida a las corrientes marinas. Sin mí, los ciclos del agua y el calor se romperían. Por eso, aunque no se me vea, soy esencial.
De repente, la brisa se volvió más suave, como si el viento se despidiera con una caricia invisible.
Todo quedó en silencio, pero a Lucía le pareció escuchar una última frase: Aquel que escuche al viento, entenderá la Historia.
Lucía volvió feliz a casa llevando la cometa azul en su espalda.
Sintió como si se hubiera abierto una grieta en el tiempo y hubiera mirado a través de ella.
En ese momento comprendió que el viento no solo impela nubes y barcos: también lleva memoria.
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