Lo correcto

Enrique Gómez

¿Cuántos meses de abandono interior? La sensación de suciedad ha aflorado y forma una costra aceitosa, que el agua no arrastra, imposible de quitar sin desollar el cuerpo. El agua caliente, muy caliente, hasta provocar dolor: aún queda en mí algo de sensibilidad animal.

No sé por qué hice caso, quizás porque al hacerlo buscaba complicidades. No he tomado las pastillas que me dieron, ni he dormido. ¿Descansar antes de tomar la decisión? Qué tontería: solo quieren que la acepte. 

«No quiero descansar. Mi “sí” no va a ser de aceptación: será un “nos rendimos”»

Diciembre ha amanecido ausente de colores, sólo se distinguen tonos pardos, como en una fotografía subexpuesta. En la calle hay un ruido zumbón: de coches, de agua. De gente no, sólo los chapoteos de zapatos mojados croando en los charcos. Debe hacer frío. Debe estar lloviendo.

«No tengo prisa»

El arrullo de la penumbra que me envuelve se rompe al llegar a la calle ancha. De lado a lado cruzan, paralelas, las filas inacabables de luces estridentes. Chirrían en la oscuridad como pífanos desafinados que desgarran la monocromía.

«Patéticas luces. Puta navidad.»

Los coches levantan abanicos de agua. Mis pasos desganados contrastan con las carreras de gente que se afana por llegar a objetivos cercanos (un portal, una cafetería…). Soy como un recorte caído, por accidente, sobre un paisaje urbano.

«Si no fuera real…»

La realidad y la verdad son artificios construidos con olvidos y con percepciones distorsionadas. ¿Conviviré mañana con una realidad cómoda?, ¿reensamblaré a mi conveniencia las justificaciones y los argumentos exculpatorios?

«Cómo olvidar esos iris amarillos, con pupilas pequeñas y gatunas.»

En las cafeterías, tras los cristales empañados, se percibe gente alegre (seca, caliente… sana). Los escaparates, aún encendidos, alardean de sus oropeles: guirnaldas brillantes, porespán desmenuzado y esparcido por el suelo, maniquís de rojo y blanco con pelucas y barbas de poliéster.

«Malditas fechas. Adornos chabacanos.»

Pasa el autobús. Sus salpicaduras inundan la acera, riegan las paredes, calan mis pantalones. Se detiene en la parada y la cola se embute tras los cristales opacados por el vaho. No subo en él.

«No tengo prisa.»

Huele a día sin sentido, huele a agua, huele a frío.

«Huele a puta navidad.»

Avanzo como un autómata, sin saber el camino que recorro. Se apagan las luces que quebraban la penumbra. Soy consciente de estar cerca. Ya queda poco.

«¿Queda poco? A unos más y a otros menos.»

La puerta de vidrio marca la frontera entre circunstancias antagónicas. Al entrar no falta el arbolito, fanfarrón, cuajado de bolas metálicas y bombillas de colores que lucen y se apagan, con desprecio al dolor que infligen. Veo caras de tristeza en los que caminan con movimientos pausados, cansancio en otros que se apoyan en las paredes de los pasillos. Se abre un ascensor a mi paso.

«Subiré andando. No tengo prisa.»

El eco de mis pisadas atruena sobre el sonido a vacío de la escalera. El frío empieza a dolerme. La humedad de la lluvia da la cara: la ropa, adherida, me molesta. Asciendo, planta a planta, más deprisa de lo que desearía: primera, segunda, …, quinta. ¿Qué hora será?

«Ya la pondrán en el acta.»

Me presentan el formulario: un montón de renglones impresos que no leo. Sólo distingo una fecha y un nombre. El agua me chorrea por la mano y convierte mi firma en un churrete ridículo. Dicen que no sufrirá.

«Ya lo ha sufrido todo.»

Me siento en el sillón de escay. La estancia huele a enfermedad. Varias personas trabajan rápido, en silencio, despejando la maraña de tubos. Nadie habla, nadie se atreve a mirar a nadie. Oigo que será sólo un instante.

«Será toda una vida.»

La habitación ha quedado vacía. En una maleta que no recordaba he amontonado objetos que ya no tienen sentido. Salgo al pasillo donde me esperan condolencias amables, chocar aséptico de manos. Hay carritos que van y vienen en trayectos de rutina. Ahora, todo es normalidad y ajetreo: nada importante parece haber pasado. Uno me abraza y dice que he hecho lo correcto.

«¡Cállate!»