Llantos | Catdaga Coughlan
Siento las ausencias, pierdo el tiempo, gasto la energía, me ahogo en los momentos. Sangre brota de mi piel, ¿será un reflejo de aquello que siento y no expreso? Duele, mas aún duele lo que hay dentro…
Mi perro, Igni, me observa; me pongo las pulseras y, así, cubro mis cicatrices. Me pongo la mochila. Igni parece preocupado sin decírmelo, así que le respondo con un “No es nada, no importa, sigo aquí, todo está bien…”.
Llego al instituto; se ríen de mí: se ve que tengo una mancha roja en la manga. Dicen que ya podría echar la ropa a lavar, que soy una guarra y que parece que como con la ropa. Voy llorando al baño; intento quitarme la mancha, pero la sangre no es tan fácil de eliminar. Lloro y me ahogo en mi propia angustia.
De vuelta a mi habitación, escucho el llanto del cielo y los truenos que hacen temblar mis oídos. Me voy a dormir cerrando mis oídos con los cascos y sin limpiarme el rímel ya corrido.
Me despierto al sentir cómo empieza a caer el techo; agarro en brazos a Igni y corro, salgo de casa. Mis padres no han salido; el lugar está en ruinas.
—Igni, menos mal que sigues aquí; no puedo más…
—Córtate las venas: siempre te calma.
¿Mi perro acaba de hablar? No comprendo nada, menos aún que sus palabras sean tan crueles y que se le vea contento…
—¿Qué? No, no puede ser… ¿te acabo de oír hablar para hacerme daño? ¡Los perros no hablan, y tú eres el mejor! Es mi cabeza…
—¡Guau! —Baja la cabeza y la cola—. ¿Qué hice mal? Solo dije lo que siempre veo; siempre que se iban todos, cuando estabas sola, solo dejabas de llorar con la cuchilla. Lo veo una opción para este momento.
¿Qué? ¿Cómo puede pensar eso? Yo nunca le diría algo así; me duele, más que me sorprende, escucharlo hablar…
—Ya sé que lo he hecho muchas veces, pero… no es bueno cortarse, no es bueno hacerse daño. Me calma, sí, pero después acabo peor de lo que estaba y se convierte en un círculo vicioso.
Me sorprenden mis palabras y es cuando me doy cuenta de que jamás traté de defenderme, ni de los abusones ni de mí misma…
—No lo sabía, Carol… pensaba que era bueno, siempre me decías que no pasaba nada, que todo estaba bien, siento haberte hecho daño… —Igni gimotea.
Entonces es cuando me doy cuenta: debo sanarme y debo entender que las cosas, si no se dicen, pueden verse muy diferentes a los ojos de otros. Lo abrazo y lloro; lloro por el terremoto, por mis padres. Lloro por el daño que me he hecho toda la vida…
Abro los ojos y estoy en mi cama. Igni duerme sobre mis pies; escucho a mi madre pasar la escoba y a mi padre teclear en el portátil. Me levanto y abrazo a mi madre.
—Mamá, tengo que contarte algo.
—¿Qué, pequeña?
Le enseño mis brazos y asiente.
Tras haber pedido ayuda, tras aquel sueño, todo cambió; sí, sufrí más días, sentí desgracias, pero nunca más desde el silencio de una manga.
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