J.L. Rivas

Laura

Yo maté a Sebastián Gallardo. Ese crimen me pertenece. Ni siquiera abrigaba un motivo; fue porque no pude soportar lo que vi.

     La tarde en que la conocí, yo acababa de abrir la librería. La vi a través del cristal, aterida por el frío de la mañana, como un gorrión. La joven miraba con interés los libros que exhibía el escaparate. Delgada, con gafas, vestía un abrigo marrón, una gran bufanda y una gorra afrancesada que dejaba escapar un mechón rubio. Apresaba unos cuadernos contra su pecho.

     Tenía un encanto que no supe descifrar. Tal vez el atractivo residía en su apariencia de fragilidad. Salí a la puerta movido por un impulso. 

     Hace frío —le dije— ¿No quieres pasar a ver las novedades? Hemos prendido la calefacción. Sorprendida por la proposición, me miró un instante, luego sonrió y asintió con la cabeza.

     —Tómate tu tiempo, si necesitas algo, estaré en el mostrador. —¿Aceptas un café?; está recién hecho. Agradeció con un gesto. ¿Cómo sería su voz? María, la vieja empleada, fue a por el café. En su mirada había un gesto de reproche. No solíamos ser tan gentiles con los clientes, más valía que dejara en paz a esa chica, no era para un cincuentón como yo.

     Al rato la muchacha se escurrió tras los estantes, saludó tímidamente con la mano y salió a la calle. Me quedé mirando hacia la acera como si, forzosamente, tuviera que volver porque se hubiera llevado consigo algo que me pertenecía. Viejo y melancólico desde la muerte de mi esposa, no debería haber dejado escapar la oportunidad de tener alguien con quien conversar. Por las mañanas me quedaba mirando hacia afuera. La imaginaba esperando una señal para entrar a tomar café. Pero el invierno pasó y ella no volvió por la librería. 

     Una tarde, al salir del metro, la vi. A pesar de que llevaba el pelo suelto y un vestido primaveral,  la reconocí enseguida. Me quedé paralizado sin saber qué hacer. Volví a experimentar aquel impulso. Si no reaccionaba perdería la única ocasión de hablar con ella. Pero no fui capaz de abordarla. Di la vuelta y la seguí, sin  motivo, sin explicación, simplemente tenía que hacerlo. Tomamos el mismo tren, el vagón estaba repleto. Un joven me ofreció el asiento, (confirmando mi condición de hombre mayor). Le agradecí pero quería seguir vigilándola. 

     Perdí la cuenta de las estaciones; nunca había estado por esos lugares. De pronto la joven se movió hacia la puerta para salir. Hice lo mismo manteniendo la distancia. Al salir a la calle era de noche. En un parque poco iluminado unas parejitas ocupaban los bancos de cemento. Podría adelantarme, pero ¿qué pensaría? La hubiera llamado por su nombre, pero no lo sabía.

     Casi la pierdo cuando torció por un callejón. Era un barrio triste, de casas viejas medio abandonadas. No circulaba casi nadie; temí que me descubriera. ¿Cómo lo explicaría? De pronto desapareció por un zaguán estrecho. Entré y la vi subir las escaleras de un edificio de corralas.  Una de las habitaciones tenía luz; alguien la sintió llegar y abrió la puerta antes que ella.

     Basta ya, me dije, sintiéndome ridículo. No puedo seguir, es su casa, su familia, ¿cómo justificaría mi presencia allí? Desolado, giré hacia las escaleras. En ese momento oí un ruido como de un cuerpo que caía al suelo y los gritos de un hombre: 

     —¡Puta, perra, ¿qué has estado haciendo?! ¡No hay nada para comer! Has traído dinero? Y otro golpe siguió al primero.

     No lo pensé, la puerta estaba abierta. Ella estaba en el piso, sollozando. El energúmeno era un pobre infeliz de aspecto tenebroso. Al verme se lanzó hacia el madero que usaba para trancar la puerta por dentro. Fui más rápido y lo estrellé contra su cráneo, con una fuerza que desconocía. La muchacha, de rodillas, se abrazó a mis piernas hasta que dejó de temblar.

     Más tarde, en la policía, me enteré que el muerto estaba fichado. Se llamaba Sebastián Gallardo y era el padrastro de la chica. Por fin supe su nombre: Laura. Un trauma infantil la dejó sin habla. Tal vez con un buen tratamiento… Mientras tanto nos haríamos compañía. En el altillo de la tienda hay una cama y un baño; estará cómoda. María, la empleada, tendrá que entender.