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Latidos prestados | Ana Fortuny

Latidos prestados | Ana Fortuny

El condenado llegó a la prisión en los días más crudos del invierno. James Fargo, 63 años. Aunque no aparenta esa edad, debido a su complexión, a su elegancia y a un toque de dignidad que tienen los hombres que son inocentes. Lo distingue una barba bien recortada que yo antes había visto en Sean Connery, cuando, de niño, iba con mi padre a ver  películas en un cine de barrio.  En esta prisión, sólo yo conozco la razón de su presencia. Ni siquiera él lo sabe.

 

Estoy a cargo de la colonia penitenciaria más fría y aislada del hemisferio norte, con capacidad para trescientos hombres. Nunca había tenido problemas con los internos, hasta que la forja de pulsos robados empezó a fallar. Sin el calor que produce, nada funciona bien. El piso se transforma en un bloque de hielo. Las paredes destilan agua a punto de congelarse y las literas  queman, como si tuvieran una delgada capa de nitrógeno líquido.

 

Los reclusos, que normalmente son agresivos, como debe ser en una buena prisión, se han vuelto dóciles, atentos unos con otros. Sé que lo hacen por puro interés, para recibir a cambio el calor que necesitan. Se abrazan y se juntan en grupos grandes para poder dormir, apilados, como una montaña compacta de brazos, torsos y piernas. Se turnan para estar en el centro, el lugar más codiciado, porque ahí se sienten como en el vientre materno. Los de la periferia se desvelan tiritando y pegándose lo más que pueden para olvidar que están en la orilla, con delgados pijamas de algodón. Los guardias y yo tenemos ropa térmica, que varias veces hemos estado a punto de perder.

 

Todo funcionaba bien. La temperatura oscilaba entre 23 y 26 grados Celsius, y los prisioneros tenían un comportamiento normal. Quiero decir, que se organizaban en pequeños clanes. Peleaban entre ellos, se insultaban y tenían una mirada de odio constante. En la enfermería siempre había heridos; de vez en cuando, uno o dos muertos. Pero eso cambió cuando la forja de latidos prestados se averió. El frío los convirtió en ovejas desnudas, sin una brizna de lana. De nada me sirve este rebaño. Yo quiero hienas de África peleándose por un hueso podrido. Quiero huesos rotos, ojos morados y almas en pena.

El primer director mandó a construir la forja y la instalaron en lo más profundo del bloque de aislamiento. Conectada por tubos finos a las literas de los prisioneros, esta máquina extrae fragmentos imperceptibles del pulso de cada interno mientras duerme. Cada latido robado se transforma en energía térmica gracias a un mecanismo que convierte las microvibraciones en calor estable. Aunque no acorta la vida de nadie, los que pasan muchas noches cerca de esos tubos dicen sentir un vacío, como si parte de su calor interno ya no les perteneciera.

 

James Fargo es ingeniero. Fue discípulo del hombre que construyó la forja. Él sabe cómo repararla. Lo contactamos y le ofrecimos buena paga por venir a revisarla, pero no quiso. Tengo buenos contactos en la ciudad de Coldmere, donde vive. Ellos se encargaron de las pruebas falsas sobre el asesinato de su vecino. Pensé que iba a aceptar a la primera, pero no quiere colaborar con nosotros. Dice que no recuerda nada sobre una forja de latidos robados, que esa tecnología está muy avanzada para esta época, y que si existiera, de todos modos no la arreglaría, que él vino a cumplir una condena, y que eso es lo único que hará.

Por el momento, lo único que hago es observarlo. Quiero descubrir qué hace o cómo convence a los presos para que lo dejen dormir siempre al centro de la montaña de cuerpos helados. Le han reservado ese lugar y ya no lo ocupa nadie más.

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