Las respuestas de Ramón

Alberto Hidalgo

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—Mi nombre completo es Ramón Bonilla Espinosa.

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—Sí, voy a declarar.

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—Sí, exacto. Trabajaba como cocinero para la naviera Ships Everywhere. Ahora estoy incapacitado y cobro una pensión.

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—Ya saben qué ocurrió con el buque, señora fiscal. Naufragó. Colisionó con un iceberg en una noche de tormenta.

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—No, yo no sé por qué. Lo mío era cocinar para la tripulación. No tengo idea de las decisiones del capitán, que en paz descanse.

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—No, tampoco sé nada de la carga. Yo solo les puedo decir que había contenedores cerrados por toda la cubierta.

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—No recuerdo cómo llegué a aquella playa. Aunque muchas veces sueño que agarro un madero a la deriva. Abrazo con tal fuerza las almohadas, mientras duermo, que destrozo una tras otra.

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—No, estaba solo.

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—Sí, pasé trescientos trece días en la isla.

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—Sí, estuve solo todo ese tiempo.

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—Conocí a David en el barco. Era mecánico naval y se encargaba del mantenimiento. Después no lo he vuelto a ver.

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—No, yo construí el refugio. No fue el primero. En un principio, me preocupé de resguardarme de la lluvia. Recolecté ramas que partía con piedras afiladas. Las uní con lianas y cubrí la estructura con hojas. Pero en el suelo acababa empapado a pesar del techo, por la humedad y las corrientes de agua cuando llovía, así que elevé una base de ramas bien sujetas entre sí, atada a otras cuatro ramas más gruesas que utilicé de pilares, e hice lo mismo con el techo a dos aguas. No hace falta ser mecánico. Solo son necesarias ramas, lianas y hojas. Y tiempo, mucho tiempo. Poco a poco, construí una cabaña elevada.

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—Claro que estaba desnutrido y deshidratado. No es fácil hacerse con agua dulce hasta que caes en que debes almacenar la lluvia. Casi ni comí hasta que di en afilar palos y matar serpientes, pescar algo. Hasta que aprendí a encender un fuego y a cocinar con los utensilios que fabricaba con palos y piedras. Antes de eso, no comía más que insectos y bayas. Pero la verdad es que los insectos me comían a mí más que yo a ellos. El agua siempre faltaba en medio de aquella humedad. También comía poco y mal.

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—Pues, si no le interesa cómo sobreviví, creo que no tengo nada que contarle. Lo único que hice en aquellos días fue sobrevivir. Yo no era una persona. He tenido que volver a aprender a ser una persona.

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—Claro que puedo explicarlo. Volví a aquella isla hace tres meses. Una reportera de televisión me propuso reconstruir con ella mis métodos para la supervivencia, desde que aparecí en la playa hasta que zarpé en la balsa en la que me rescataron. Llegamos a un acuerdo y me pagaron un adelanto.

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—Sí, a eso voy. Nada más llegar a la isla, localicé mi refugio, en un repecho. Les explicaba que era mejor ubicarlo donde no se acumulase agua, cuando un cámara nos llamó a todos. Estaba enfocando a un cráneo y unos huesos esparcidos en la tierra. Como eso no tenía nada que ver conmigo, por mucho que estuviesen junto a la hondonada donde solía encender el fuego, insistí en continuar con la explicación sobre cómo sujetar las ramas para formar una buena base. Yo estaba orgulloso porque la cabaña había resistido un año en pie.

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—Sí, eran restos humanos, los de David. O eso dice mi abogado: hay un informe forense.

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—No, eso es mentira. Yo no le dije a nadie que eran de un gorila que había cazado.

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—Le repito que no sabía que David estaba en la isla. Encontraría mi refugio después de irme.

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—No, no, eso fueron los de la televisión que lo revolvieron todo. El fémur, la tibia y el peroné no estaban dentro de la cabaña, cubiertos, y el resto fuera, como ellos grabaron. Todo eso es espectáculo ideado por ellos.

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—Pues si había restos biológicos de David en mis utensilios y en la hondonada, será porque los utilizó y se cortaría por accidente.

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—No. 

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—¡No, no, no! ¿Cómo puede acusarme de tal barbaridad?