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La trampa | Ana Efigenia

La trampa | Ana Efigenia

Se escucha una respiración entrecortada. No, son dos…

Una de ellas solloza y produce ruidos burbujeantes con los mocos. A la otra, apenas se la oye. Son dos chicas. Tienen las manos atadas con cuerdas a la espalda, los tobillos unidos por bridas, las bocas atrincheradas con cinta aislante, y los ojos ciegos a causa de más cinta aislante. 

El vehículo se detiene. Las jóvenes se acurrucan de inmediato junto a la pared. Se acuclillan a la vez que aguantan la respiración. Ambas imitan gestos. Aprietan el miedo dentro de sus suspiros. Saben que no están solas, pero desconocen con quién comparten el horror. 

Un fuerte estruendo. Sienten cómo la luz se abre entre las tinieblas, y cómo el frío rompe el vínculo del único calor humano que las cobija: se roban los alientos mutuamente. Luego se esconden dentro de la inocencia que les permite soñar con que, si no las oyen, no las verán. 

Ana es atrapada por unas manos gigantes que tienen dedos demoniacos. Aprietan tanto que dejan huellas en su piel. Anne se resiste ante las garras de hierro que la acorralan, la zarandean y la arrastran por el suelo de la furgoneta hasta arrojarla fuera.  

De pronto, no oyen nada, todo en derredor suena a hueco. Solo sienten las respiraciones fuertes de los endriagos. Contienen las suyas. Cuando no pueden más, dejan que sus suspiros se viertan como un río que desecha sus aguas en el mar. Se vacían. Las portan en sus brazos de piel humana y faces de animal. Han llegado a algún sitio. Las dejan caer al suelo; rompen el silencio con un grito de dolor. Las empujan con los pies dentro de un cobertizo que hay en medio de la nada. Cierran.  

Empujones, golpes, suspiros, más golpes, ruidos fuertes y silencio. Se paralizan, se mantienen acorraladas por ellas misma. Segundos, minutos, horas… Cuando la debilidad se apodera de Anne, cae de lado. Ana mueve los párpados al escuchar el golpe seco. Deja trascurrir el tiempo. Cuenta en voz baja. Al rato, da dos golpecitos con los nudillos en la pared en la que está apoyada. Espera. Escucha dos golpecitos muy cerca de ella. Espera. Golpea tres veces. Escucha tres golpes. Consiguen hacer una secuencia de hasta treinta y cinco golpes, e incluso, de distintas sintonías. Anne se desmaya. 

Ana se asusta al ver que pasa el tiempo y no recibe respuesta. Se tumba en el suelo boca abajo. Comienza a reptar hasta que topa con un cuerpo. Se queda estática. Espera alguna respuesta o movimiento que pueda interpretar: no lo encuentra. Recobra el vínculo humano y se guarece bajo el halo emocional. Apoya débilmente su cabeza en el estómago de Anne. Espera al compás del palpitar de la sangre hasta que la vence el sueño. 

La claridad las sorprende. Delgados hilos de luz se cuelan por las rendijas de las maderas. El polvo que danza alrededor forma destellos que recorren el espacio de un lado a otro. Un hilo se detiene en la frente de Ana. Calienta. Le irrita la piel. Se mueve. Empuja con la cabeza el cuerpo de Anne. Esta se contonea y responde. Ambas lloran en silencio. Ninguna está muerta. 

Segundos, minutos y horas. El silencio tétrico. El aire pidiendo permiso. El día, la noche, de nuevo el día… Anne está muy débil, apenas consigue contestar a los golpes. Cuando Anne se duerme, Ana cuenta. Cuando Anne se despierta, Ana llora. Ahora, Ana, vuelve a llorar, pero esta vez, porque Anne está tardando muchos números en despertar. 

Ana grita tras la trinchera, se ha clavado algo en un brazo. Sus gemidos no consiguen salir de la cinta aislante; solo un pequeño eco secuestrado. Cuando recobra la entereza, busca a su agresor. Lo encuentra y se posiciona de tal manera que rasga sus manos, pero también la cuerda que la inhabilita. Se libera. Libera a Anne. Mientras que lo hace, no hablan, solo se miran. Dan dos suaves golpes en la pared, cada una, y sonríen. Anne mueve los ojos a la derecha y Ana asiente parpadeando. Se tumban boca arriba sobre el suelo y comienzan a patear una pared de madera hasta que la abaten. Se levantan, se cogen de las manos y corren, corren buscando la libertad que no hallarán. 

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