María Posada

La tarjeta postal

Desde que había recibido una tarjeta postal de mi tía, había pasado mucho tiempo sin tener más noticias suyas. Ella vivía en otro país; las veces que nos vimos fueron pocas, pero relevantes como para formar un fuerte lazo entre las dos. Ella había decidido afrontar su vejez en una residencia de un remoto lugar de Cornualles. En su tarjeta me decía que me escribiría pronto y que le gustaría que fuese a visitarla; incluía, además, una foto de la institución, llamada Mis años dorados

Decidí ir a verla; me llevó tres días llegar al lugar donde vivía. Me alojé en un hostal de la zona y alquilé un coche para llegar a su residencia. Circulé por caminos de prados verdes y por estrechas carreteras cubiertas de bóvedas de ramas entrecruzadas, que casi no dejaban pasar el sol. Hasta que me encontré en frente del fabuloso edificio medieval donde residía mi tía. 

Pulsé la campana de entrada. El portalón se abrió, y entré en el patio de la vieja mansión. Aunque la casa no había perdido su aspecto señorial, el exuberante jardín se veía abandonado. Tuve la sensación de haber entrado en otro mundo. 

—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó la joven que atendía la recepción. 

—He venido a ver a mi tía, que vive aquí desde hace tiempo —respondí, mostrándole su nombre.

 —¡Qué raro!, me temo que se ha confundido: aquí no vive, ni ha vivido nadie con ese nombre. 

—¿Sugiere usted que mi tía me ha mentido? 

—Yo no he dicho que su pariente haya mentido; eso tendrá que juzgarlo usted.

Salí de la casa contrariada y dolida. Cuando iba entrar en el coche, un hombre viejo y desdentado me cogió de la mano, tirando de mí hacia el jardín.  El viejo parecía exaltado y emitía sonidos guturales, ya que era mudo. En la floresta se respiraba un peculiar olor a tierra levantada, azaleas y podredumbre.  Sentí que algo terrible y diabólico estaba ocurriendo allí. Entonces, el hombre soltó mi mano y echó a correr; una extraña mujer apareció delante de mí, cortándome el paso.

 —Ya le han dicho que su pariente no vive aquí —me advirtió con voz calmada, pero firme. 

Volví la cabeza buscando al hombre desdentado.

—Disculpe a nuestro jardinero: no está bien de la cabeza.

—¿Quién es usted? 

—Soy la dueña de Mis Años Dorados. Está atardeciendo; es mejor que se marche cuanto antes: es peligroso conducir tarde por este lugar. 

Me metí en el coche y conduje sin parar hasta llegar al hostal. Contacté al departamento de pensiones, que me informó que mi tía seguía cobrando su pensión, por lo cual estaba ¡viva! 

Llamé a la policía local, explicándoles mis sospechas sobre la institución, pero no me creyeron. 

Entonces, esperé a que se hiciera de noche y, armándome de valor, decidí hacer una última visita a Mis Años Dorados. Aparqué cerca de la residencia amurallada y, valiéndome de una escalera, entré en el jardín. Tuve que saltar. Como la tierra estaba mullida, no me hice daño.

Encendí mi linterna abriéndome paso entre matorrales y arbustos. De pronto, percibí que alguien me seguía. Me volví, pero no vi a nadie. Apagué la linterna, aterrada; permanecí inmóvil. Lo único que podía oír eran mis latidos y unos pasos cada vez más cercanos; quise echar a correr, pero un fuerte golpe en mi cabeza me impidió hacerlo. Cuando desperté, sentí que alguien me arrastraba sobre la hierba húmeda; pude ver un hoyo abierto, que desprendía un desagradable hedor. Entonces reconocí al jardinero mudo; me arrastró hasta una puerta de salida y, por medio de gestos, me dijo que me fuera. Como pude, regrese al hostal.

Unos agentes me fueron a ver y me informaron que habían encontrado al jardinero muerto cerca de la residencia y que llevaba en sus bolsillos una mano de mujer, la cual pertenecía a mi tía.

La policía ahora se encontraba en Mis Años Dorados, desenterrando cadáveres, entre ellos, el de mi tía. La dueña llevaba meses cobrándose su pensión, y ya se había hecho cargo de su propiedad. Recuperé su herencia, pero no su vida.