La sopa fría | Danny Déniz
Él se moría de hambre, pero tenía que servir el plato caliente a toda la familia. Encontró un momento para absorber unas cucharadas, cuando ella le pidió que recordase que la comida de les niñes estuviera tibia.
Introdujo veinte segundos en la pantalla para calentar la sopa para ellos. Abrió la puerta del microondas justo antes de que sonara el primer pitido. Mientras se calentaba el segundo plato, aprovechó, y dejó en su mandíbula unos mililitros de la suya ―aunque fría―, dejándola reposar en el suelo de su boca. Media hora de trabajo hacerla; ni medio minuto para degustarla.
La señora lo llamaba, no por su nombre, sino haciendo tintinear una campanilla. Él volvió al salón comedor, donde colocó los platos con minucioso cuidado para no derramar ni una gota. Cuando terminó, la miró. Ella le increpaba que tenía que ser más rápido, que le trajera el siguiente plato. Él siguió a su ritmo: si aceleraba más de lo habitual, perdería el control, probablemente. Y, si se derramaba algo, sería peor. (No por la limpieza, sino por ella).
Se congeló en la cocina. Con la presión se le olvidó por qué plato tenía que continuar. Quería dejar de vivir así. Cada día en esa estancia le recordaba lo que no podría tener jamás: una habitación con un colchón para dormir, por ejemplo.
Tilín, tilín. ¿Qué faltaba? «Tráele también un plato de sopa a este nene tan guapo; espero que hayas hecho suficiente», requirió la doña. No sabía dónde meterse; se había puesto todo lo que quedaba para él. Allí nunca repetían: siempre les sobraba algo en el recipiente. Algunos días pasaba tanta hambre que tenía que conformarse con los restos. Asintió, y volvió a la cocina. No era higiénico, pero no le quedaba otra: usó su propio plato y calentó su sopa para la visita inesperada. Ojos que no ven…
Les niñes desobedientes se pusieron a jugar al escondite. El nene nuevo ―que le llegaba a las rodillas― le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Y, entonces, se dio cuenta de que ya nadie lo llamaba por su nombre. De que él mismo empezaba a olvidar su nombre: ni en sus pensamientos se llamaba a sí mismo. Y recordó aquel día… «Como vuelvas a decir una palabrota, te corto la lengua», y él, sin pensar que eso fuera una posibilidad real, había desobedecido. Lo siguiente que recordó fue el sabor a sangre, que tiraba la cubertería al suelo cada vez que se enfadaba, la incapacidad de articular una palabra. Él mismo se veía como un monstruo cada vez que producía sonidos. Empezaba a hiperventilar al recordarlo.
Se imaginó lanzando el plato hirviente contra la señora, como si fuera un disco volador, partiendo el cuerpo de ella en dos y liberándolo de sus peticiones para siempre. Pero se calmó viendo la inocencia en la mirada del nene, que podía hablar y que había nacido con un color de piel a mitad de camino del suyo. Le sonrió por fraternidad, mostrando los pocos dientes que le quedaban. El nene huyó asustado, dando gritos, como si se hubiese sentido amenazado.
Ella, con ayuda de les niñes, jugó a graparle los labios al esperpento. «Con la boca sellada, el monstruo no os comerá». Él contuvo su rabia y su dolor: no quería que el nene mestizo volviera asustarse. Y porque sabía que, si enfurecía, sería peor.
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